LECCIÓN 31

Oraciones para todos los dias.

LECCIÓN 31: “Mi carne es verdadera comida” (Jn 6,55)

Uno de los sacerdotes más conocidos en la historia decía, en sus últimos años, el mismo sermón todos los días, una y otra vez, y era: “Si sólo supieras cuánto Jesús te ama en el Santísimo Sacramento, te morirías de felicidad”. Después señalando hacia el sagrario, agregaba: “Jesús está realmente ahí”.

La gente venía de todas partes de Francia para oírlo y cada domingo repetía lo mismo. Al tomar conciencia del amor y presencia de Jesús en el Santísimo Sacramento, se conmovía tan intensamente, hasta lo más profundo del alma, que al señalar el sagrario para mostrar a la gente que Jesús estaba realmente ahí, lloraba de alegría. San Juan María Vianney, el cura de Ars,  pasaba largas horas, cada día y cada noche, orando ante el Santísimo Sacramento”[1].

Esto que hacía el santo cura de Ars con sus miles de feligreses es precisamente lo que nuestra madre la Iglesia ha hecho por veinte siglos, señalando el sagrario nos repite “Jesús está realmente ahí”. Y esto no es, ni mucho menos, una invención humana, ¿a quién se le podría ocurrir tremenda locura de decir que Dios está en un pan? La Eucaristía no es invención humana, es invención divina. Es producto del infinito amor de un Dios que ha prometido que estaría siempre con nosotros.

En muchas culturas y civilizaciones antiguas los hombres acostumbraban ofrecer sacrificios a sus dioses; sacrificaban, incluso, a sus propios hijos. En el cristianismo pasa lo contrario, aquí es Dios Padre quien ofrece a su Hijo en sacrificio para que nosotros tengamos vida en abundancia. Y es que la Eucaristía es el mismo sacrificio de la cruz, en el que el Padre nos da a su Hijo, no solo como salvador, sino, también, como alimento que da vida eterna.

Presencia real de Jesús en la Eucaristía

“Mientras estaba comiendo, Jesús tomó pan y lo bendijo, lo partió y, dándoselo a sus discípulos, dijo: “tomad, comed, éste es mi cuerpo”. Tomó luego una copa y, dadas las gracias, se la dio diciendo: “bebed de ella todos, porque esta es mi sangre de la Alianza, que es derramada por muchos para perdón de los pecados” (Mt 26,26).

Respecto a estas palabras del Señor en la institución de la Eucaristía, en las que no habla de manera simbólica sino real, dice Santo Tomás que cuando vemos el pan consagrado nos engaña el sentido del tacto, porque tocamos pan; nos engaña el sentido de la vista, porque vemos pan; nos engaña el sentido del gusto, porque sabe a pan; pero, en cambio, es el sentido de la escucha es el que nos hace creer porque Él nos lo dijo: “este es mi cuerpo”. Así es, Jesús no dijo “esto significa mi cuerpo”, dijo claramente “este es mi cuerpo”, y es por ello que los cristianos creemos firmemente en la presencia real de Nuestro Señor Jesucristo en la Eucaristía, y así lo ha profesado siempre la fe de la Iglesia:

«El modo de presencia de Cristo bajo las especies eucarísticas es singular. Eleva la Eucaristía por encima de todos los sacramentos y hace de ella “como la perfección de la vida espiritual y el fin al que tienden todos los sacramentos”[2]. En el Santísimo Sacramento de la Eucaristía están “contenidos verdadera, real y substancialmente el Cuerpo y la Sangre junto con el alma y la divinidad de nuestro Señor Jesucristo, y, por consiguiente, Cristo entero”[3]. “Esta presencia se denomina “real”, no a titulo exclusivo, como si las otras presencias no fuesen “reales”, sino por excelencia, porque es substancial, y por ella Cristo, Dios y hombre, se hace totalmente presente (MF 39).» (Catecismo, 1374).

El evangelista San Juan, en el capítulo 6, expone el gran discurso eucarístico, en el que Jesús se proclama, reiterativamente, como el pan vivo bajado del Cielo. En el versículo uno de este capítulo Jesús multiplica los panes, para mostrar que con el pan puede hacer lo que quiera. Más adelante, en el versículo 16, Jesús camina sobre el agua, para mostrar que con su cuerpo puede hacer lo que quiera. A partir del versículo 22 empieza el discurso del pan de vida, como para mostrarnos que así como con el pan hace lo que quiere, y con su cuerpo hace lo que quiere, por ello hace del pan su cuerpo: “yo soy el pan vivo, bajado del Cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne para la vida del mundo” (Jn 6,51).

En este discurso eucarístico, Jesús es reiterativo al afirmar que Él es el pan vivo bajado del cielo. Pero no lo dice  como utilizando una imagen o una comparación más, sino que habla  abiertamente al afirmar que es verdadero alimento: “porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6,55). Estas palabras de Jesús, son tan reales y tan fuertes que sus mismos discípulos se escandalizan al escucharle hablar así: “Muchos de sus discípulos, al oírle, dijeron: “Es duro este lenguaje. ¿Quién puede escucharlo?” (Jn 6,60); sin embargo, a pesar del escándalo de sus discípulos, y de que muchos dejarán de seguirlo, Jesús no se retracta de sus palabras, no hace aclaraciones, ni les aclara que es una simbología. Aunque parezca duro este lenguaje, es real, Cristo, en la Eucaristía, es verdadera comida y verdadera bebida.

En la Antigua Alianza

El sacrificio central de la historia de Israel fue la pascua, que precipitó la salida de Egipto de los israelitas. Para la Pascua, Dios ordenó que cada familia Israelita tomase un cordero sin mancha y sin ningún hueso roto, lo matase, y rociase su sangre en las jambas de la puerta. Esa noche los israelitas debían comer el cordero. Si lo hacían, se perdonaría la vida de su primogénito. Si no lo hacían, su primogénito moriría esa noche, junto con todos los primogénitos de sus rebaños (cf. Ex 12,1-23). El cordero sacrificado moría a modo de rescate, en lugar del primogénito de la casa. La Pascua, por tanto, era un acto de redención, un “volver a comprar”. El Señor mandó a los israelitas a conmemorar la Pascua cada año, y consumir el cordero era la única forma por la que un fiel judío podía renovar su alianza con Dios.

En la Nueva Alianza

A lo largo de los Evangelios a Jesús se le dan diversos títulos, se le llama Señor, Dios, Salvador, Mesías, Rey, Sacerdote, Profeta; todos estos son títulos con dignidad que implican sabiduría, poder, grandeza. Sin embargo, en el cuarto evangelio, San Juan le da un título muy particular a Jesús “¡he aquí el cordero de Dios…!” (Jn1,36); este título parece contradictorio con los demás. El cordero no ocupa un puesto muy alto en la lista de los animales más admirados. No es particularmente fuerte, listo, rápido ni hermoso. Otros animales nos parecerían más nobles; entonces, ¿Por qué San Juan da este título a Jesús? Lo hace porque para el antiguo Israel, el cordero se identificaba con el sacrificio, y con esta expresión lo que está afirmando San Juan es que Jesús es el Cordero, el que se ofrecerá en sacrificio perfecto y definitivo. El sacrificio de Jesús llevará a cabo lo que la sangre de millones de corderos, toros y machos cabríos nunca podría hacer.

Jesús, en la última cena, día de la Pascua judía, ofrece el sacrificio perfecto y definitivo, donde Él mismo es el Cordero, que se reparte entre sus apóstoles para que coman su carne y beban su sangre.

No es suficiente con que Cristo derramase su sangre y muriese por nosotros, ahora nos toca cumplir nuestra parte. Como en la Alianza Antigua así en la Nueva. Si quieres marcar tu alianza con Dios, tienes que comer la carne del cordero. “Si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (Jn 6,53).

Y la carne del cordero sólo se come de manera real en la Santa Misa, donde el pan y el vino, se transforman en el cuerpo y en la sangre del Señor.

«La Eucaristía es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11). “Los demás sacramentos, como también todos los ministerios eclesiales y las obras de apostolado, están unidos a la Eucaristía y a ella se ordenan. La sagrada Eucaristía, en efecto, contiene todo el bien espiritual de la Iglesia, es decir, Cristo mismo, nuestra Pascua” (PO 5).» (Catecismo, 1324).

En la Eucaristía, Jesús está realmente presente, y como hace dos mil años, nos espera para darnos alivio y descanso, para alimentarnos, para sanarnos, para liberarnos de todas nuestras ataduras. Si alguien nos dijese que Jesús se ha aparecido en tal o cual parte, seguramente saldríamos corriendo a pedirle favores, y no comprendemos que en la Eucaristía está más real que en cualquier aparición, está tan real como lo estuvo en Belén, en Nazaret, en Galilea: “Ustedes envidian la oportunidad de la mujer que tocó las vestimentas de Jesús, de la mujer pecadora que lavó sus pies con sus lágrimas, de las mujeres de Galilea que tuvieron la felicidad de seguirlo en sus peregrinaciones, de los Apóstoles y discípulos que conversaron con Él familiarmente, de la gente de esos tiempos, quienes escucharon las palabras de Gracia y Salvación de sus propios labios. Ustedes llaman felices a aquellos que lo miraron, más, vengan ustedes al altar, y lo podrán ver, lo podrán tocar, le podrán dar besos santos, lo podrán lavar con sus lágrimas, le podrán llevar con ustedes igual que María Santísima”. (San Juan Crisóstomo)

La Santa Misa

El sacrificio de la misa es el lugar donde se “confecciona la Eucaristía”, y este se ha celebrado desde los inicios de la Iglesia: «Desde el comienzo la Iglesia fue fiel a la orden del Señor. De la Iglesia de Jerusalén se dice: Acudían asiduamente a la enseñanza de los apóstoles, fieles a la comunión fraterna, a la fracción del pan y a las oraciones… Acudían al Templo todos los días con perseverancia y con un mismo espíritu, partían el pan por las casas y tomaban el alimento con alegría y con sencillez de corazón (Hch 2,42.46).» (Catecismo, 1342). Desde entonces, nunca ha parado de celebrarse el santo sacrificio, pues le sería más fácil al mundo subsistir sin el sol, que subsistir sin la santa Eucaristía.

Es en el Santo sacrificio de la misa, donde el pan y el vino son consagrados, y donde Cristo se hace presente; allí se unen el Cielo y la tierra, pues la Eucaristía no es otra cosa que un anticipo del Cielo. Con razón afirmaba San Juan Eudes que “para ofrecer bien una Eucaristía se necesitarían tres eternidades: una para prepararla, otra para celebrarla y una tercera para dar gracias”. Y es que el entendimiento humano no alcanza a comprender lo que sucede cuando se celebra la Santa Misa, allí se renueva el sacrificio de Cristo en la cruz, se vuelve al calvario. Se hacen presentes todos los ángeles y los bienaventurados del Cielo, incluyendo a la Santísima Virgen María,  para adorar a su Señor hecho pan. No hay oración que le tribute un culto más excelso y más sublime a nuestro Señor que la Santa Misa, tanto, que una sola le rinde más honor y gloria que todas las oraciones de los ángeles, de los santos y de la misma Santísima Virgen María juntas.

El amor de Jesús ha llegado en la Eucaristía a un exceso inefable: la inmolación constante… Inmolarse una sola vez ¡qué poca cosa es esto para un amor infinito e insuperable!¡Inmolarse millares de veces, sacrificarse por toda la redondez de la tierra… no en un calvario, sino en millares de calvarios multiplicados por todas partes y perpetuados a través de todos los siglos: este fue el supremo triunfo del Amor divino!… el amor de Cristo exigía para calmar su sed una vida de siglos para inmolarse, una agonía que durara mientras viviera sobre tierra una humanidad culpable. Y por eso se clavó, por decirlo así, en la cruz de las especies eucarísticas donde vive inmolado, donde se sacrifica constantemente, donde se ofrece en expiación desde hace veinte siglos…¡La Eucaristía perpetuó la pasión, inmortalizó la cruz, cristalizó el sacrificio del calvario!”[4].  Cristo se inmola diariamente, a cada hora, a cada instante -lo ha hecho por veinte siglos-, en los diversos lugares de la tierra donde hay un altar Él se ofrece, en las más de 500.000 misas diarias perpetua su sacrificio. Y lo lamentable es que para mucho de nosotros pase desapercibido; ¿Qué tal si Cristo no se inmolase diariamente, si solo se celebrase la Santa Misa una vez al año y en un solo lugar? Seguramente que esperaríamos ese momento con ansias, y acudiremos de todas las partes del mundo, sin importar los sacrificios que hubiese que hacer, y nos prepararíamos con el más grande fervor y cuidado para participar del santo sacrificio. Pero ante tal derroche de amor divino nos damos el permiso de ser indiferentes.

La comunión

Jesús se ha quedado en el pan y en  el vino con un único deseo: ser comulgado. El sagrario que Jesús anhela es un corazón de carne y hueso, su deseo más  profundo es habitar en el hombre, ser comulgado por las almas, hacerse uno con ellas.

Toda persona, de cualquier raza, color o condición puede acercarse a este gran banquete, Jesús se ha quedado en el pan, y no en el oro, o en un metal precioso, precisamente, para  que cualquier persona le pueda comulgar.  Lo único que nos pide es un corazón limpio de pecado, y para ella nos ha regalado el sacramento de la confesión. Porque, eso sí, recibirle en pecado mortal es un error gravísimo y una ofensa a su majestad, además de acarrear una grave culpa para el alma que lo hace: “El que come y bebe indignamente [el cuerpo y la sangre del Señor], come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,29).

Acerquémonos pues constantemente, y con un corazón amante y limpio, a recibir el pan bajado del Cielo, prenda de vida eterna y medicina contra el pecado: “Si el veneno de la vanidad se está hinchando en ustedes, vuelvan a la Eucaristía, y ese Pan, que es su Dios, humillándose y disfrazándose a Sí Mismo, les enseñará humildad. Si la fiebre de la avaricia egoísta los arrasa, aliméntense con este Pan, y aprenderán generosidad. Si el viento frío de la codicia los marchita, apúrense al Pan de los ángeles, y la caridad vendrá a florecer en su corazón. Si sienten la comezón de la intemperancia, nútranse con la Carne y la Sangre de Cristo, Quien practicó un auto-control heroico durante su vida en la tierra, y ustedes se volverán temperantes. Si ustedes son perezosos y tardos para las cosas espirituales, fortalézcanse con este Alimento Celestial, y serán fervorosos. Finalmente, si se sienten quemados por la fiebre de la impureza, vayan al banquete de los ángeles, y la Carne sin mancha de Cristo los hará puros y castos”. (San Cirilo de Alejandría).

Nos espera en el sagrario

“¿Por qué Jesús no ha limitado su presencia en la Eucaristía a los momentos solemnes de la Santa Misa? ¿Por qué no lo ha prolongado tan sólo durante las horas en que, en medio de luces y flores, recibe las adoraciones y los homenajes de sus hijos? ¿Por qué permanece también a lo largo de las noches y aún en los sagrarios donde vive en el abandono y en el olvido, y no recibe a las veces sino las profanaciones del sacrilegio?”[5] Lo hace precisamente porque su amor no conoce de  límites, porque quien ama siempre está dispuesta para su amado, y por ello, Jesús en el sagrario, no hace otra cosa que esperar… esperar a que vayas, esperar a que le visites, esperar a que le hables, esperar para consolarte cuando estés triste, esperar para confortarte cuando te sientes débil, esperar para acompañarte cuando todos se han ido, esperar para escucharte cuando nadie más lo hace, esperar para permanecer en silencio cuando no quieres hablar.  Jesús en el sagrario es el amigo y el compañero de todas las horas.

“Recuerdo que un sacerdote muy amante de la Eucaristía, en esos momentos tan hermosos después de una función religiosa, cuando el órgano deja oír sus últimos acordes y el humo del incienso como una vaporosa nube envuelve el tabernáculo; cuando los fieles empiezan a desfilar, y se apagan las luces, y se extinguen los cánticos, y viene a morir junto al sagrario el murmullo de las últimas plegarias… aquel santo sacerdote, pensando en las largas horas de la noche en que Jesús iba a permanecer solo, al guardarlo dentro del sagrario y, dando vuelta a la llave, encerrándolo en su prisión de amor, conmovido hasta el fondo del alma le decía: “Tú tienes la culpa, ¡por enamorado! ¡Por enamorado![6]

Todos los santos han sido forjados al pie del sagrario, todos ellos han nacido del amor a la Eucaristía. Días y noches enteras han pasado en la presencia de Jesús Eucaristía y allí han aprendido la ciencia del amor, allí han encontrado vida eterna, allí han encontrado su descanso y su consuelo, allí lo han hallado todo. “Tened por cierto – decía San Alfonso María de Ligorio- que el tiempo que empleéis con devoción delante de este divinísimo Sacramento, será el tiempo que más bien os reportará en esta vida y más os consolará en vuestra muerte y en la eternidad. Y sabed que acaso ganaréis más en un cuarto de hora de adoración en la presencia de Jesús Sacramentado que en todos los demás ejercicios espirituales del día.”  ¿Qué esperamos pues para ir a visitar a Jesús en el Sagrario? ¿Que nos detiene? Si allí hallaremos todo cuanto nuestra pobre humanidad pueda necesitar y anhelar, si allí nos espera ansioso de amarnos y colmarnos de paz y plenitud.

El papa Juan Pablo II, un alma adoradora y enamorada de Jesús Eucaristía, nos reitera esta invitación: “la Iglesia y el mundo tienen una gran necesidad del culto eucarístico. Jesús nos espera en este sacramento del amor. No escatimemos tiempo para ir a encontrarlo en la adoración, en la contemplación llena de fe y abierta a reparar las faltas graves y delitos del mundo. No cese nunca nuestra adoración.”[7] Sólo ve donde Jesús Sacramentado con un corazón sencillo y encendido de amor, no tienes que decirle demasiadas cosas, es más, puedes guardar silencio y simplemente contemplarlo, como aquel campesinito humilde de la aldea de Ars, al que San Juan María Vianey le preguntaba ¿qué haces tanto rato frente al sagrario?, y él, con sencillez, le respondía: “Él me mira y yo lo miro”.

¡Qué bien se está contigo Señor junto al Sagrario!

¡Qué bien se está contigo, ¿por qué no vendré más?

Hace ya muchos años que vengo a diario y aquí te encuentro siempre -amor solitario- Solo, pobre, escondido, pensando en mí quizás

Tú no me dices nada ni yo te digo nada; si Tú lo sabes todo ¿qué voy a decirte?

Sabes todas mis penas, todas mis alegrías, sabes que vengo a verte con las manos vacías y que no tengo nada que te pueda servir.

 Siempre que vengo a verte, siempre te encuentro solo

¿Será Señor que nadie sabe que estás aquí?

No sé, pero se, en cambio, que aunque nadie viniera, aunque nadie te amara ni te lo agradeciera, aquí estarías siempre esperándome a mí.

¿Por qué no vendré más? ¡Qué ciego estoy, qué ciego!

Si sé por experiencia que cuando a Ti me llego siempre vuelvo cambiado, siempre salgo mejor.

¿A dónde voy Dios mío, cuando a mi Dios no vengo?

¡Si Tú me esperas siempre! Si a Ti siempre te tengo, si jamás me has cerrado las puertas de tu amor.

Por otros se recorren a pie largos caminos, acuden de muy lejos cansados peregrinos, pagan grandes sumas que no han de recobrar.

Por Ti, nadie me pregunta, de Ti nadie hace caso, si alguna vez te visitan es solo así de paso; aquí eres Tú quien jamás paga si alguno quiere entrar.

¿Por qué no vendré más si sé que aquí, a Tú lado, puedo encontrar, Dios mío, lo que tanto he buscado mi luz, mi fortaleza, mi paz mi único bien?

¡Si jamás he sufrido, si jamás he llorado Señor sin que conmigo llorases Tú también!

¿Por qué no vendré más Jesucristo bendito?

¡Si Tú lo estás deseando! ¡si yo lo necesito!

Si sé que no soy nada cuando vengo aquí.

Si aquí me enseñarais la ciencia de los santos como aquí la buscaron y la aprendieron tantos, que fueron tus amigos y gozan de Ti.

¿Por qué no vendré más, si sé yo que Tú eres el modelo único y necesario que nada se hace duro mirándote a Ti aquí?

El Sagrario es la celda donde estás encerrado.

¡Qué pobre, que obediente, que manso, que callado, qué solo, qué escondido… nadie se fija en Ti!

¿Por qué no vendré más? ¡Oh! Bondad infinita! riqueza inestimable que nada necesita, y que te has humillado a mendigar mi amor

Ábreme ya esa puerta, -sea esa ya mi vida- olvidado de todos, de todos escondida,

¡Qué bien se está contigo, qué bien se está Señor!

Amén.

Nuestra Madre Santísima es el alma eucarística por excelencia, ella se encuentra postrada al pie de cada altar adorando a su hijo inmolado; ella al pie de cada sagrario, acompañando y consolando a Jesús en sus horas de soledad; ella al pie de cada alma que comulga para enseñarle a adorar perfectamente a su amado Jesús.

El alma que se consagra a María es contagiada, por esta dulce madre, de un profundo amor y respeto hacia Jesús Eucaristía. Un alma que tiene a María  lo demuestra cuando está frente a Jesús Eucaristía, pues se convierte en un alma reverente, respetuosa, adoradora, que comulga con frecuencia y visita a Jesús Eucaristía.

PRÁCTICA

Visitar a Jesús sacramentado 15 minutos diarios durante la semana.

Ver: Visión de Catalina Rivas sobre la Santa Misa.

Ver: Milagro Eucarístico de Lanciano, Italia.

[1] Monseñor Ramírez, Vicario general de Manila. El poder de la Eucaristía. P. 10.

[2] Santo Tomás de Aquino, Summa theologiae 3, q. 73, a. 3.

[3] Concilio de Trento: DS 1651

[4] TREVIÑO, Jose Guadalupe. La Eucaristía. Editorial la cruz. México, 2000. Pp. 37-39.

[5] Ibíd, pp. 43-44.

[6] Ibíd., pp. 44

[7] Juan Pablo II, lit. Dominicae Cenae, 3.

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