LECCIÓN 18

Oraciones para todos los dias.

LECCIÓN 18. El valor de a mortificación

Todos hemos escuchado de las fuertes mortificaciones que realizaron los grandes santos. Prolongados ayunos, largas vigilias, duras penitencias. Es particularmente conmovedor el pasaje de la vida de san Francisco de Asís, en que se revolcaba entre espinas para alejar la tentación de lujuria[1]. Hoy nos preguntamos: ¿Está bien esto? ¿No debemos cuidar nuestro cuerpo que es Templo del Espíritu Santo (cf. 1 Cor 6,19)? ¿Por qué estas mortificaciones tan extremas?

Para responder estas preguntas, es necesario comprender el valor del alma, de la salvación, del amor a Dios y medir cuánto estamos dispuestos a dar por estos tesoros. Si usted tuviera una enfermedad terminal y le dicen que para salvarse de la muerte inminente debe vender todo lo que tiene para comprar una medicina costosísima; debe, además, someterse a una rigurosa dieta donde le prohíben todo tipo de alimento delicioso; debe abstenerse totalmente del deporte del que más gusta y, finalmente, debe renunciar a todo vicio… ¿qué haría? ¡Seguramente estaría dispuesto a eso y hasta más! La razón es evidente: la vida tiene un valor tan importante que estaría dispuesto a hacer grandes sacrificios por cuidarla. Pues bien, el Señor Jesús ha dicho que hay algo más importante que la propia vida física: ¡la vida eterna! Al punto que, si fuera necesario, deberíamos estar dispuestos a sacrificar la vida terrena para ganar la eterna: “quien quiera salvar su vida, la perderá: pero quien pierda su vida por mí, la encontrará” (Mt 16,25). En este mismo sentido, el Señor nos manda a no temer a quien pueda matar el cuerpo, sino a quien pueda “llevar a la perdición el alma” (Mt 10,28). La conclusión es del todo lógica: si es bueno hacer sacrificios por la salud del cuerpo, es mucho más bueno hacer sacrificios por la salud del alma. Esta es la razón por la que los santos hacían estos heroicos sacrificios, no por despreciar el cuerpo, sino por sanar el alma. Pero, ¿por qué mortificar el cuerpo da salud al alma?

¿Por qué es necesaria la mortificación?[2]

Mortificar significa, literalmente, “dar muerte”, “hacer morir”. Esto no se refiere a dar muerte al cuerpo -a la materialidad de nuestra dimensión física- sino al pecado y a la inclinación a este. (cf. Col 3,5). Así, pues, la mortificación es necesaria para la salvación por cuatro motivos principales: 1- Porque el mismo Cristo la pide. 2- Porque nos sana de las consecuencias del pecado original. 3- Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia). 4- Porque nos asemeja a Cristo crucificado.

Porque el mismo Cristo la pide

“El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). Nuestro Señor Jesucristo habló en muchas ocasiones sobre la mortificación. Todo sufrimiento en su vida fue ofrecido al Padre por la redención de las almas. En el Sermón de la Montaña, nos enseña la necesidad de la mortificación, es decir de la muerte al pecado y a sus consecuencias, insistiendo sobre la sublimidad de nuestro fin sobrenatural que consiste en ser “perfectos como es perfecto vuestro Padre Celestial” (Mt 5,48).

Pero esto exige la mortificación de todo lo que hay en nosotros de vicioso, la mortificación de los movimientos desordenados de la concupiscencia (cf. Mt 5,28), de la cólera (cf. Mt 5,22), del odio (cf. Mt 5,24), del orgullo (cf. Mt 6,1), de la hipocresía (cf. Mt 6,5).

Estos, entre otra enorme cantidad de textos bíblicos, manifiestan la importancia que el Señor le dio a la mortificación, al sacrificio, como condición indispensable para seguirle. ¿Alguien dudaría del valor de la mortificación después de ver cómo nuestro divino Salvador la recomendó incansablemente?

Porque nos sana de las consecuencias del pecado original

“La vida del hombre sobre la tierra es una lucha” (Job 8,1). Esta batalla interior ha sido descrita en la tradición bíblica y espiritual de la Iglesia como la “lucha entre la carne y el espíritu”, entre el “hombre viejo y el hombre nuevo” (Ef 4,17-32), “porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí”  (Gál 5,17). Esta lucha no es contra la corporeidad que en sí misma que es buena, sino contra los apetitos desordenados de la carne.

El viejo hombre, tal como nace de Adán, encierra un desequilibrio no pequeño en su naturaleza herida. Lo vemos claramente si consideramos lo que era el estado de justicia original, antes del pecado original. Era una armonía perfecta entre Dios y el alma creada para conocerle, amarle y servirle, y entre el alma y el cuerpo; en tanto el alma guardaba esa sumisión a Dios, las pasiones de la sensibilidad permanecían también sometidas a la recta razón iluminada por la fe, y a la voluntad vivificada por la caridad; el cuerpo participaba por privilegio de esta armonía, y no estaba sujeto ni a la enfermedad, ni a la muerte.

Esta armonía fue destruida por el pecado original. El primer hombre, por su pecado, como lo dice el Concilio de Trento, “perdió para sí y para nosotros la santidad y la justicia original”, y nos transmitió una naturaleza caída, privada de la gracia y herida. Preciso es reconocer, con Santo Tomás, que venimos al mundo con la voluntad alejada de Dios, inclinada al mal, débil para el bien, con una razón que fácilmente cae en el error, y la sensibilidad violentamente inclinada al placer desordenado y a la cólera, fuente de injusticias de toda clase.

Existe, también el desorden de la concupiscencia, de la inclinación al mal. En lugar de la triple armonía original entre Dios y el alma, entre el alma y el cuerpo, entre el cuerpo y las cosas exteriores, nació el triple desorden de que nos habla San Juan cuando escribe (1 Jn 2,16): “Porque todo lo que hay en el mundo, es concupiscencia de la carne, concupiscencia de los ojos y soberbia de la vida; lo cual no nace del Padre, sino del mundo.”

El bautismo nos sanó, indudablemente, del pecado original, aplicándonos los méritos del Salvador y dándonos la gracia santificante y las virtudes infusas; así, por la virtud de la fe, nuestra razón fue sobrenaturalmente esclarecida, y, por las virtudes de esperanza y caridad, nuestra voluntad se volvió hacia Dios; también recibimos las virtudes infusas que ponen orden en la sensibilidad. No obstante, aún continúa, en los bautizados en estado de gracia, la debilidad original y las heridas en vías de cicatrización, que a veces hacen sufrir, y que nos han sido conservadas, dice Santo Tomás, como ocasión de lucha y merecimientos (cf. Rom 6,6-13).

A este “hombre viejo”, no sólo hay que moderarlo y someterlo; es preciso mortificarlo y hacerle morir. De lo contrario, nunca conseguiremos el dominio sobre nuestras pasiones, y siempre seremos esclavos suyos. Y habrá oposición y perpetua guerra entre la naturaleza y la gracia.

La mortificación nos es, pues, necesaria contra las consecuencias del pecado original, que continúa existiendo aun en los bautizados, como ocasión de lucha, y hasta de lucha indispensable para no caer en pecados actuales y personales. No tenemos por qué arrepentirnos del pecado original que no fue voluntario sino en el primer hombre; pero debemos esforzamos por hacer desaparecer las pecaminosas consecuencias de ese pecado, en particular la concupiscencia, que inclina a los demás pecados. Si lo hacemos así, las heridas, de que antes nos hemos ocupado, se van cicatrizando más y más con el aumento de la gracia que sana y que, a la vez, nos levanta a una nueva vida. Muy lejos de destruir la naturaleza, por la práctica de la mortificación, la gracia la restaura, la sana y la vuelve más dócil en las manos de Dios.

Porque nos sana de las consecuencias de nuestros pecados actuales (Penitencia).

La penitencia es la mortificación que se hace para reparar por nuestros pecados personales. Es pues cosa clara que la mortificación es para nosotros una necesidad en razón de las consecuencias de nuestros pecados personales. El pecado actual repetido engendra vicios. Cuando confesamos nuestras faltas con contrición o atrición suficiente, la absolución borra el pecado, pero deja en el alma cierta disposición a volver a caer en el mismo vicio, que es consecuencia del pecado. De modo que aun después del bautismo queda el fondo de todas las malas pasiones. No hay duda, por ejemplo, que aquel que se ha dado al vicio del alcoholismo y se confiesa con atrición suficiente, si bien recibe, con el perdón, la gracia santificante y la virtud infusa de la templanza, conserva, sin embargo, la inclinación a aquel vicio y, si no huye de las ocasiones, volverá a caer en él.

Por ese espíritu de penitencia hemos de mortificarnos para expiar los pecados pasados y ya perdonados, y evitarlos en lo venidero. La virtud de penitencia, en efecto, no sólo tiene por fin detestar el pecado, que es ofensa de Dios, sino también la reparación; y, para esto, no basta dejar de pecar; es también necesaria la satisfacción ofrecida a la justicia divina, ya que todo pecado merece una pena o castigo, de la misma manera que cualquier acto inspirado por la caridad es acreedor a la recompensa. Por este motivo, cuando se nos da la absolución sacramental, que borra el pecado, se nos impone a la vez la penitencia o satisfacción, para que así obtengamos la remisión de la pena temporal que aún nos quedaría por pagar. Esta satisfacción es parte del sacramento de la penitencia por el cual se nos aplican los méritos del Salvador; y contribuye así a devolvernos la gracia o a aumentárnosla.

Así queda saldada, en parte al menos, la deuda contraída por el pecador con la divina justicia. Para conseguir tal efecto, debe ese pecador aceptar con resignación las penalidades de la vida; y si esta paciencia y resignación no son suficientes para purificarlo del todo, deberá pasar por el purgatorio, pues nadie entra en el cielo sin antes haberse purgado totalmente. El dogma del purgatorio es, de esta manera, una confirmación de la necesidad de la mortificación, al enseñarnos que toda deuda ha de quedar cancelada, ya por los méritos en esta vida, o bien por el fuego purificador en la otra.

Un arrepentimiento lleno de amor borraría la falta y la pena, como las dichosas lágrimas que Jesús bendijo cuando dijo: “Le han sido perdonados muchos pecados, porque amó mucho” (Lc 7,47).  Si, pues, la penitencia es necesaria a todos los cristianos, ¿cómo será posible negar la necesidad de la mortificación? Eso equivaldría a desconocer en absoluto la gravedad del pecado y sus consecuencias. Los que hablan contra la mortificación llegan poco a poco a beber la iniquidad como se bebe un vaso de agua; luego llaman imperfección a lo que con frecuencia es un verdadero pecado venial, y humana debilidad al pecado mortal.

Tampoco hemos de pasar por alto que tenemos que luchar contra el espíritu del mundo y contra el demonio, según las palabras de San Pablo (cf. Ef 6,10-20). Para resistir a las tentaciones del enemigo, que primero nos inclina a faltas ligeras para llevarnos después a otras más graves, Nuestro Señor mismo nos ha exhortado a recurrir a la oración, al ayuno y a la limosna. Así la tentación se convertirá en ocasión de actos meritorios de fe, esperanza y amor de Dios.

Porque nos asemeja a Cristo crucificado[3]

Otro de los motivos por el cual nos es necesaria la mortificación, es la necesidad de imitar a Jesús crucificado. La santificación consiste en un proceso cada vez más intenso de incorporación a Cristo. Se trata de una verdadera cristificación, a la que debe llegar todo cristiano bajo pena de no alcanzar la santidad. El santo es, en fin de cuentas, una reproducción de Cristo, otro Cristo, con todas sus consecuencias. Ahora bien; el camino para unirnos y transformarnos en Él nos lo dejó trazado el mismo Cristo con caracteres inequívocos: “El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo y tome su cruz y sígame” (Mt 16,24). No hay otro camino posible: es preciso abrazarse del dolor, cargar la propia cruz y seguir a Cristo hasta la cumbre del Calvario; no para contemplar cómo le crucifican a Él, sino para dejarse crucificar al lado suyo. Un santo muy ingenioso pudo establecer la siguiente ecuación, que juzgamos exactísima: santificar, igual a cristificar; cristificar, igual a sacrificar. La comodidad moderna y el amor propio humillado ante la propia cobardía podrán lanzar nuevas fórmulas e inventar sistemas de santificación cómodos fáciles, pero todos ellos están inexorablemente condenados al fracaso. No hay más santificación posible que la crucifixión con Cristo. De hecho, todos los santos están ensangrentados. Y San Juan de la Cruz estaba tan convencido de ello, que llegó a escribir estas terminantes palabras: “si en algún tiempo, hermano mío, le persuadiere alguno, sea o no prelado, doctrina de anchura y más alivio, no le crea ni abrace aunque se la confirme con milagros, sino penitencia y más penitencia y desasimiento de todas las cosas. Y jamás, si quiere llegar a poseer a Cristo, le busque sin la cruz.”

San Pablo añade que padecemos con Él para ser glorificados con Él (cf. Rom 8,12-18). En este sentido la mortificación tiene su raíz profunda en el bautismo en el que somos introducidos en la muerte de Cristo para resucitar con él (Rom 6,1-14). El Apóstol de los Gentiles vivió profundamente lo que enseñó, por eso pudo escribir: “Mas este tesoro lo llevamos en vasos de barro, para que se reconozca que la grandeza del poder (del Evangelio) es de Dios, y no nuestra. Nos vemos acosados de toda suerte de tribulaciones, pero no por eso perdemos el ánimo; nos hallamos en graves apuros, mas no desesperamos; somos perseguidos, mas no abandonados (por Dios); abatidos, mas no enteramente perdidos. Traemos siempre en nuestro cuerpo por todas partes la mortificación de Jesús, a fin de que la vida de Jesús se manifieste también en nuestros cuerpos… Así es que la muerte imprime sus efectos en nosotros, más en vosotros la vida.” (2 Cor 4,7-10) Y narra otra suerte de luchas en (1 Cor 4,9). Los mismos apóstoles después de ser azotados por amor a Cristo salieron “muy gozosos, porque habían sido hallados dignos de sufrir aquel ultraje (los azotes) por el nombre de Jesús.” (Hch 5,41). Los santos verdaderamente llevaron sus cruces y fueron así formados a imagen de Jesús crucificado, para continuar la obra de la Redención con los mismos medios que empleara el Redentor.

«El camino de la perfección pasa por la cruz. No hay santidad sin renuncia y sin combate espiritual (cf. 2 Tim 4). El progreso espiritual implica la ascesis y la mortificación que conducen gradualmente a vivir en la paz y el gozo de las bienaventuranzas» (Catecismo, 2015).

Práctica de la mortificación[4]

La mortificación debe practicarse con prudencia y discreción. Debe ser proporcionada a las fuerzas físicas[5] y morales[6] de cada cual, y al cumplimiento de las obligaciones de nuestro propio estado[7]. Es importante mortificar todos los sentidos:

El tacto, no dándole todos los placeres que pide. Cuidándonos principalmente de los malos deleites. Pero también se ha de renunciar a los deleites peligrosos, para no exponerse al pecado; y aún hemos de abstenernos de algunos placeres lícitos para asegurar el imperio de la voluntad sobre los sentidos.

Los ojos, rechazando definitivamente el ver cosas deshonestas, evitando ver cosas peligrosas y ofreciendo alegremente el sacrificio de no ver cosas superficiales.

El oído, dejando la vana curiosidad de querer oírlo todo y huyendo de las conversaciones deshonestas.

El olfato, soportando pacientemente olores desagradables y no teniendo inclinación desordenada a perfumes y olores agradables.

El gusto, imponiéndose gustosamente sacrificios respecto a la comida: “si has terminado de comer y no hiciste ningún pequeño sacrificio… ¡Comiste como un pagano!”. El ayuno, ocupa el lugar privilegiado en cuanto a la mortificación del gusto.

El ayuno[8]

Llamamos ‘ayuno’ a la privación voluntaria de comida durante algún tiempo por motivo religioso, como acto de culto ante Dios.

Era el ayuno, en la Antigua Ley, una de las grandes obras expiatorias (cf. Lv 16,29.31). En la Ley Nueva, el ayuno es una práctica de dolor y de penitencia; por eso los apóstoles no ayunan mientras el Esposo está con ellos, sino que ayunarán cuando no esté (cf. Mt 9,14-15). Nuestro Señor, para pagar por nuestros pecados, ayunó cuarenta días y cuarenta noches (cf. Mt 4,1-12), y dijo a sus Apóstoles que hay algunos demonios que no pueden arrojarse sino con la oración y el ayuno (cf. Mt 17,20). Fiel a esas enseñanzas, ha instituido la Iglesia el ayuno de la Cuaresma, de las vigilias y de las temporadas para que los fieles puedan expiar sus pecados. Muchos de esos proceden directa o indirectamente de la afición a los placeres sensibles, de exceso en el comer o en el beber, y no hay mejor manera de repáralos que privarse del alimento, lo cual ataca la raíz del mal, porque mortifica el amor a los placeres de la carne. Esta es la razón de que los santos hayan practicado tan frecuentes ayunos, aún fuera de los tiempos señalados por la Iglesia; los cristianos fervorosos los imitan, o, por lo menos, procuran guardar en parte el ayuno propiamente dicho privándose de algún alimento en cada una de las comidas para ir matando así la sensualidad.

Pero no sólo nuestro Señor Jesucristo y la Iglesia recomiendan vivamente el ayuno; también nuestra Señora, en sus apariciones ha pedido insistentemente el ayuno.

El ayuno es importante porque nos ayuda:

A vencer las tentaciones de lujuria, pues los placeres de la mesa preparan los de la carne; la gula es la antesala de la lujuria. Por esta razón hay que mortificar el sentido del gusto.

A solidarizarnos con el que sufre el hambre por la injusticia social; por esta razón el ayuno debe movernos a ejercer la caridad con el pobre.

A tener hambre de Cristo, recordando que “no sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mt 4,4).

A entender la fragilidad humana, dándonos cuenta de la absoluta dependencia que tenemos del alimento. Esto nos muestra lo limitados que somos y da una bofetada a nuestra orgullosa locura que cree no necesitar de nada.

¿Cómo se hace el ayuno?[9]

El ayuno, que ha de guardarse el miércoles de ceniza y el Viernes Santo. Consiste en no comer sino una sola comida al día; pero no se prohíbe tomar algo de alimento en la mañana y en la noche, guardando las legítimas costumbres respecto a la cantidad y calidad de los alimentos. Se recomienda  pan y agua. Deben ayunar los católicos entre los 18 y 59 años.

La abstinencia consiste en no comer carne. Son días de abstinencia y ayuno: miércoles de Ceniza y Viernes Santo. La abstinencia obliga a partir de los 14 años.

PRÁCTICA

Hacer ayuno el viernes próximo, de la siguiente manera: medio desayuno, almuerzo completo y media cena. Entre comidas sólo agua. Ofrecerlo en reparación por los propios pecados.

 

[1] Disponible en internet el 3 de julio de 2013: «http://www.ewtn.com/spanish/saints/santos/francisco_as%C3%ADs.htm»

[2] Explicación basada en LAGRANGE, Garrigou. Las Tres edades de la vida interior I. 9na. ed. Madrid: Palabra, 1999. Pp. 332-336.

[3] ROYO, Antonio. Teología de la Perfección Cristiana. 9na Ed. Madrid: Editorial Católica (BAC), 2001. P. 332.

[4] TANQUEREY, Adolphe. Compendio de Teología Ascética y Mística II. 1ra Ed. Quito: Jesús de la Misericordia. Pp. 506-513.

[5] Por ejemplo, no excediéndose en el ayuno si se es de constitución débil.

[6] Por ejemplo, no poniéndose al principio privaciones excesivas que no se puedan cumplir por mucho tiempo.

[7] No estaría bien, por ejemplo, que una persona sacrificara su sueño si esto le afecta gravemente en su trabajo.

[8] TANQUEREY, Adolphe. Op. Cit. Pp. 492-493.

[9] Código de Derecho Canónico cc.1249-1253.

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