LECCIÓN 13

Oraciones para todos los dias.

LECCIÓN 13: ¿Quién soy yo?

¿Por qué los santos han dado tanta importancia al conocimiento de sí mismos? ¿Qué relación tiene el conocimiento propio con la santidad? ¿Acaso no basta conocer a Dios para tener los elementos suficientes para llegar al Cielo?

En realidad, una persona puede tener un vasto conocimiento de las cosas de Dios, puede ser un extraordinario teólogo y tener plena claridad respecto a la doctrina y la moral de la Iglesia, pero si no se conoce a sí mismo nunca logrará llegar a la santidad. Aunque la doctrina es una sola y la moral está bien definida, el hombre que la asimila y vive es un ser bastante complejo y requiere conocerse muy bien para poder “dar fruto abundante” (Jn 15,2).Antes de entrar en el conocimiento particular de cada uno, debemos conocer en general quién es el hombre. De casi todas las cosas conocemos:

El origen: ¿De dónde proviene?

La naturaleza: ¿Qué es?

Misión: ¿Para qué fue creado?

Fin: ¿Para dónde va?

Así, cuando tenemos en nuestras manos una computadora portátil podemos saber con mucha precisión todas las anteriores cuestiones:

El origen: la empresa que la fabricó (por ejemplo: Toshiba, HP, Apple, etc.).

La naturaleza: es una máquina electrónica que recibe y procesa datos para convertirlos en información útil a través de circuitos integrados.

Misión-función: Tiene una utilidad genérica y diversa pues se puede usar para elaborar complejos programas o para realizar sencillos cálculos matemáticos.

Fin: terminará en la basura cuando esté demasiado obsoleto.

Todas estas respuestas las conocemos con claridad gracias a que su fabricante nos las especifica en el manual. Si no conocemos estas cuestiones simples de la computadora portátil, terminaremos dándole un uso distinto de aquel para la que fue creada y al final se dañará. ¿Qué pasaría con esta computadora si creo que fue hecha para fijar clavos en la pared? ¡Con seguridad se dañaría! Lo mismo sucede con el hombre, cuando aplica su vida a algo distinto para lo que fue creado, termina dañándose y dañando a los demás. Así pues, el hombre que fue creado para la felicidad en el cumplimiento de la Voluntad de Dios, no para el pecado, y cuando aplica su vida en el pecado termina dañándose y dañando a los que dice amar.

GENERALIDADES EN EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO

Las preguntas sobre el origen, la naturaleza, la misión, el fin y todo lo que tiene que ver con el hombre, sólo encuentra una respuesta satisfactoria en Dios, su creador. Nadie más que Él puede darnos a conocer lo que somos. Estas respuestas se ven todavía más claras a partir de la encarnación del Verbo eterno del Padre, pues “el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado” pues Cristo “manifiesta plenamente el hombre al propio hombre y le descubre la sublimidad de su vocación” (GS 22).

El origen del hombre

El libro del Génesis en sus dos primeros capítulos nos esclarece el misterio del origen del hombre: “Dios creó al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó, hombre y mujer los creó” (Gén 1,27).

Lo primero que queda claro es que el hombre es criatura, no creador; es creación de Dios, por tanto no es Dios. No tiene su razón de ser en sí mismo sino en su creador. Cuando el hombre se pone como medida de todas las cosas olvidándose de su creador, entonces, traiciona su propio origen cayendo en la idolatría de la propia persona y acaba afirmando una autonomía que le termina destruyendo. Al desconocer su origen pierde la noción de lo que es.

Pero el hombre no sólo es criatura de Dios, sino que es una criatura del todo especial: es “imagen y semejanza” de Dios (cf. Gén 1,27). Un perrito es una criatura de Dios pero no es “imagen y semejanza” de Él… El ser “imagen y semejanza” de Dios nos indica que participamos de su misma naturaleza, que somos sus hijos. «De todas las criaturas visibles sólo el hombre es “capaz de conocer y amar a su Creador” (GS 12,3); es la “única criatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma” (GS 24,3); sólo él está llamado a participar, por el conocimiento y el amor, en la vida de Dios» (Catecismo, 356).

«Por haber sido hecho a imagen de Dios, el ser humano tiene la dignidad de persona; no es solamente algo, sino alguien. Es capaz de conocerse, de poseerse y de darse libremente y entrar en comunión con otras personas; y es llamado, por la gracia, a una alianza con su Creador, a ofrecerle una respuesta de fe y de amor que ningún otro ser puede dar en su lugar.» (Catecismo, 357).

Pero además, desde la creación, Dios los creó: “hombre y mujer” (Gén 1,27) como un complemento mutuo. Esta realidad hace parte de la naturaleza del hombre y no es un rol inventado por ninguna cultura. Son creados «en una perfecta igualdad en tanto que personas humanas» y así «el hombre y la mujer son, con la misma dignidad, “imagen de Dios”. En su “ser-hombre” y su “ser-mujer” reflejan la sabiduría y la bondad del Creador.» No obstante «Dios no es, en modo alguno, a imagen del hombre. No es ni hombre ni mujer. Dios es espíritu puro, en el cual no hay lugar para la diferencia de sexos.» (Catecismo, 369-370).

La naturaleza del hombre

El hombre es unidad sustancial de cuerpo y alma. «La persona humana, creada a imagen de Dios, es un ser a la vez corporal y espiritual. El relato bíblico expresa esta realidad con un lenguaje simbólico cuando afirma que “Dios formó al hombre con polvo del suelo e insufló en sus narices aliento de vida y resultó el hombre un ser viviente” (Gén 2,7).» (Catecismo, 362).

El alma «designa también lo que hay de  más  íntimo  en  el hombre

(cf. Mt 26,38; Jn 12,27) y de más valor en él (cf. Mt 10,28), aquello por lo que es particularmente imagen de Dios: “alma” significa el principio espiritual en el hombre.» (Catecismo, 363). «La Iglesia enseña que cada alma espiritual es directamente creada por Dios -no es “producida” por los padres-, y que es inmortal: no perece cuando se separa del cuerpo en la muerte, y se unirá de nuevo al cuerpo en la resurrección final» (Catecismo, 366). Posee dos facultades que llaman superiores: Entendimiento y Voluntad. El entendimiento iluminado por la fe y la voluntad ayudada de la gracia disponen al hombre para cumplir la Voluntad de Dios.[1]

El entendimiento es la capacidad que tiene el hombre para pensar, para buscar y hallar la verdad a través de la mente y la razón. Gracias a esta capacidad, el hombre puede entender y aprender, imaginar y memorizar, puede hacer grandes descubrimientos e inventar cosas maravillosas, puede mejorar el mundo, pero lo más importante es que, gracias a su entendimiento, el hombre puede llegar a conocer la verdad. Conocer la verdad significa que aquello que pensamos coincide con lo que realmente es o sucede. Es importante “el entendimiento” porque usándolo correctamente y conociendo la revelación de Dios llegamos a la Verdad: “conoceréis la verdad y la verdad os hará libres” (Jn 8,32).

Pero el hombre no sólo piensa, sino que también tiene voluntad, “quiere”. Es decir, el hombre busca aquello que le atrae. La voluntad es la capacidad que tiene el hombre para “moverse” hacia un bien que desea. La voluntad busca siempre un bien que ha sido pensado y prestando a ella anteriormente por el entendimiento. La voluntad se mueve para alcanzar la felicidad que la inteligencia piensa que le dará tener el bien deseado. Es importante la Voluntad porque con ella podemos practicamos la virtud: La repetición habitual de un buen acto de la voluntad se denomina virtud, la repetición habitual de un mal acto de la voluntad se denomina vicio.

«El cuerpo del hombre participa de la dignidad de la “imagen de Dios”: es cuerpo humano precisamente porque está animado por el alma espiritual, y es toda la persona humana la que está destinada a ser, en el Cuerpo de Cristo, el templo del Espíritu (cf. 1 Cor 6,19-20; 15,44-45).» (Catecismo, 364). En el cuerpo se encuentran las facultades inferiores: las pasiones, los sentimientos, las emociones. Estas deben estar sometidas a las facultades superiores.

Antes del pecado original el hombre vivía en «estado de santidad y de justicia originales» (Catecismo, 384). El estado de Justicia Original traía para el hombre una serie de gracias especiales (Catecismo, 374-379):

Estaba en amistad con su creador y en armonía consigo mismo y con la creación en torno a él.

Tenía “participación de la vida divina”.

Todas las dimensiones de la vida del hombre estaban fortalecidas.

El hombre no debía ni morir (cf. Gén 2,17; 3,19) ni sufrir (cf. Gén 3,16).

Experimentaba la armonía interior de la persona humana, la armonía entre el hombre y la mujer (cf. Gén 2,25), la armonía entre la primera pareja y toda la creación.

Las facultades inferiores estaban sometidas a las facultades superiores.

Tenía “dominio” del mundo que Dios había concedido.

Tenía dominio de sí.

El hombre se hallaba íntegro y ordenado en todo su ser por estar libre de la triple concupiscencia.

El trabajo no le era penoso (cf. Gén 3,17-19).

Con el pecado original el hombre pierde el estado de Justicia Original, pero gracias a la Redención todas estas gracias serán superadas «por la gloria de la nueva creación en Cristo» (Catecismo, 374). Así pues, la gracia de la redención hace del hombre caído una nueva criatura y le da dignidad de hijo de Dios. De esta manera, ante la pregunta: “¿quién eres?” no hay mejor respuesta y nada que defina más al hombre que responder: ¡un hijo de Dios! (cf. 1 Jn 3,1).

Finalmente es importante decir que Dios hizo al hombre Libre: «Dios ha creado al hombre racional confiriéndole la dignidad de una persona dotada de la iniciativa y del dominio de sus actos. “Quiso Dios “dejar al hombre en manos de su propia decisión” (Si 15,14), de modo que busque a su Creador sin coacciones y, adhiriéndose a Él, llegue libremente a la plena y feliz perfección”(GS 17). “El hombre es racional, y por ello semejante a Dios; fue creado libre y dueño de sus actos” (San Ireneo de Lyon, Adversus haereses, 4, 4, 3).» (Catecismo, 1730).

Misión del hombre

El hombre fue creado para “conocer, amar y servir a Dios”. Esta es su misión en esta tierra y el único medio para alcanzar la felicidad plena. En este conocimiento, amor y servicio a Dios, en el cumplimiento alegre y gozoso de su Voluntad, se encuentra la clave de la santidad. Fuimos creados para la santidad. Buscamos la santidad para dar la mayor gloria a Dios y haciendo esto encontramos la felicidad, no al revés. En la raíz del pecado original se encuentra una inversión en este sentido: Adán y Eva primero buscaron su propia felicidad, antes que la gloria de Dios… todavía hoy estamos pagando las consecuencias de este equívoco. Cuando el hombre busca su propia felicidad a espaldas de la voluntad de Dios termina destruyéndose pues pierde la brújula que le sabe conducir por el camino de la realización plena; esa brújula es la Voluntad de Dios.

El hombre de hoy tiene más hambre de felicidad que nunca. Sin embargo, cada vez está más lejos de encontrarla, pues cada vez se aleja más de la voluntad de Dios. Es como si Dios fuese un gran faro luz y el hombre estuviera de espaldas a él… engañado, ve que una sombra se dibuja en el suelo y comienza a perseguir esa sombra, la sombra de la felicidad. Pero mientras más camina para tratar de agarrarla más se aleja la sombra de él, pues más se aleja de la luz. Sólo cuando da un giro de 180 grados e inicia un proceso de conversión, sólo cuando comienza a caminar de nuevo hacia la luz, sólo cuando se decide a ir a Dios, sólo ahí, la sombra comienza a seguirle a él… y cuando está debajo de la luz encuentra que la sombra de la felicidad está debajo de sus pies… ¡ahora es feliz!

Todo lo demás que el hombre haga, por bueno y noble que sea, debe estar subordinado a esta “búsqueda de la santidad”, a este “conocer, amar y servir a Dios”, a este “cumplimiento de su Voluntad”. El hombre no vive para ser ingeniero, ni doctor, ni padre o madre de familia, ni abogado, ni casado, ni soltero, ni presbítero… el hombre vive para ser santo y todo lo demás es un medio para llegar a esta santidad. Pero la realización plena del hombre se dará cuando contemple a Dios cara a cara… ese es el fin al que fue llamado.

Fin del hombre

«Todos los hombres son llamados al mismo fin: Dios» (Catecismo, 1878). Venimos de Dios y a Dios volvemos. El fin del hombre es la gloria eterna con Dios en la visión Beatífica. El hombre fue creado para el Cielo: «Los que mueren en la gracia y la amistad de Dios y están perfectamente purificados, viven para siempre con Cristo. Son para siempre semejantes a Dios, porque lo ven “tal cual es” (1 Jn 3, 2), cara a cara (cf. 1 Cor 13, 12; Ap 22, 4).» « El cielo es el fin último y la realización de las aspiraciones más profundas del hombre, el estado supremo y definitivo de dicha» (Catecismo, 1023-1024).

El infierno no es el destino al que fue llamado el hombre, el ser humano no fue creado para “el lago de fuego” (Ap 20,14 ), pues “Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad” (1 Tim 2,4). Quienes van al infierno lo hacen por propia voluntad, truncando el plan de Dios en sus vidas… es el fracaso del plan de Dios en la vida de una persona. Por esta razón, todo en nuestra vida se debe ordenar al fin sobrenatural que es la posesión de Dios mediante la visión beatífica en el cielo.

PARTICULARIDADES EN EL CONOCIMIENTO DE SÍ MISMO

Todo lo anterior, sin ser exhaustivo, es la generalidad de lo que el hombre debe conocer de sí mismo. Sin embargo, existen particularidades sumamente necesarias para llegar a la santidad. Sabiendo que nuestra meta es la santidad, debemos conocer en nosotros qué nos ayuda para llegar a ella (virtudes), qué se constituye en un obstáculo para alcanzarla (vicios y defectos), y de qué manera podemos potenciar nuestro temperamento para llegar al Cielo.

Virtudes y vicios

La virtud es una disposición habitual del hombre, adquirida por el ejercicio repetido de actuar consciente y libremente en orden a la perfección o al bien. La virtud para que sea virtud tiene que ser habitual, y no un acto esporádico, aislado. Es como una segunda naturaleza a la hora de actuar, pensar, reaccionar, sentir, pues cuando se adquiere hace más fácil hacer el bien. La humildad, la pureza, la generosidad, la obediencia, la mortificación, etc. son virtudes que se deben cultivar frecuentemente. Sin embargo, hay unas virtudes que son del todo especiales pues tienen que ver directamente con nuestra relación con Dios; son llamadas virtudes teologales: la fe, la esperanza y la caridad. También existen unas virtudes llamadas cardinales que nos ayudan en nuestra relación con nuestro prójimo: la prudencia, la justicia, la fortaleza y la templanza.

Lo contrario a la virtud es el vicio, que es también un hábito adquirido por la repetición de actos contrarios al bien. Así, la lujuria, la soberbia, la avaricia, etc. son vicios de los que hay que huir como de la lepra.

Para tener un adecuado conocimiento propio es necesario reconocer en nosotros las virtudes y los vicios que tenemos, las primeras para cultivarlas aún más y los segundos para eliminarlos definitivamente de nuestra vida.

Temperamento y carácter[2]

Con frecuencia se confunden el temperamento y el carácter, pero son dos cosas realmente distintas, aunque íntimamente relacionadas. El temperamento es el conjunto de las inclinaciones íntimas que brotan de la constitución fisiológica de los individuos, y el carácter es el conjunto de las disposiciones psicológicas que nacen del temperamento en cuanto modificado por la educación y el trabajo de la voluntad y consolidado por el hábito. Según esta educación el carácter será un buen o malo.

Tipos de temperamento[3]

Temperamento Sanguíneo

Buenas cualidades: El sanguíneo es afable y alegre, simpático, sensible y compasivo ante las desgracias del prójimo, dócil y sumiso ante sus superiores, sincero y espontáneo (a veces hasta la inconveniencia). Su entusiasmo es contagioso y arrebatador; su buen corazón cautiva y enamora. Suele tener una concepción serena de la vida, dotado de una exuberante riqueza afectiva. Sanguíneos ciento por cien fueron el apóstol San Pedro, san Agustín, Santa Teresa y San Francisco Javier.

Malas cualidades: Sus principales defectos son la superficialidad, la inconstancia y la sensualidad.

Temperamento Colérico

Buenas cualidades: Actividad, entendimiento agudo, voluntad fuerte, concentración, constancia, magnanimidad, liberalidad: he ahí las excelentes prendas de este temperamento riquísimo. Los coléricos, o biliosos, son los grandes apasionados y voluntariosos. Prácticos, despejados, más bien que teóricos, son más inclinados a obrar que a pensar. No son de los que dejan para mañana lo que deberían hacer hoy, más bien hacen hoy lo que deberían dejar para mañana. Tales fueron San Pablo Apóstol, San Jerónimo, San Ignacio de Loyola y San Francisco de Sales.

Malas cualidades: La tenacidad de su carácter les hace propensos a la dureza, obstinación, insensibilidad, ira y orgullo. Si se les resiste y contradice, se tornan violentos y crueles, a menos que la virtud cristiana modere sus inclinaciones. Tratan a los otros con una altanería que puede llegar hasta la crueldad. Todo debe doblegarse ante ellos.

Temperamento Nervioso

Buenas cualidades: Los nerviosos tienen una sensibilidad menos viva que la de los sanguíneos, pero más profunda. Son naturalmente inclinados a la reflexión, a la soledad, a la quietud, a la piedad y vida interior. Su inteligencia suele ser aguda y profunda, madurando sus ideas con la reflexión y la calma. Es el temperamento opuesto al sanguíneo, como el colérico es el opuesto al linfático. Fueron temperamentos nerviosos el apóstol San Juan, San Bernardo, San Luis Gonzaga, Santa Teresa del Niño Jesús, Pascal.

Malas Cualidades: El lado desfavorable de este temperamento es la tendencia exagerada hacia la tristeza y melancolía. Se sienten inclinados al pesimismo, a ver siempre el lado difícil de las cosas, a exagerar las dificultades. Ello les hace retraídos y tímidos, propensos a la desconfianza en sus propias fuerzas, al desaliento, a la indecisión y a los escrúpulos.

Temperamento Flemático

Buenas cualidades: El flemático trabaja despacio, pero asiduamente. No se irrita fácilmente por insultos, fracasos o enfermedades. Permanece tranquilo, sosegado, discreto y juicioso. Es sobrio y tiene un buen sentido práctico de la vida. Su lenguaje es claro, ordenado, justo, positivo. Es prudente, sensato, reflexivo, obra con seguridad, llega a sus fines sin violencia, porque aparta los obstáculos en lugar de romperlos. Santo Tomás de Aquino poseyó los mejores elementos de este temperamento.

Malas cualidades: Su calma y lentitud le hacen perder muy buenas ocasiones, porque tarda demasiado en ponerse en marcha. No se interesa mayormente por lo que pasa fuera de él. Vive para sí mismo, en una especie de concentración egoísta. No son muy apropiados para el mando y el gobierno.

Ninguno de estos temperamentos existe en la realidad en estado «puro». La realidad es más compleja que todas las categorías especulativas. Con frecuencia encontramos en la práctica, reunidos en un solo individuo, elementos pertenecientes a los temperamentos más dispares Con todo, es indudable que en cada individuo predominan ciertos rasgos temperamentales que permiten catalogarlo, con las debidas reservas y precauciones, en alguno los cuadros tradicionales.

Si quisiéramos recoger ahora en sintética visión de conjunto las características del temperamento ideal, tomaríamos algo de cada uno de los que acabamos de describir. Al sanguíneo le pediríamos su simpatía, su gran corazón y su vivacidad; al nervioso, la profundidad y delicadeza de sentimientos; al colérico, su actividad inagotable y su tenacidad; al flemático, en fin, el dominio de sí mismo, la prudencia y la perseverancia.

El carácter

Es la resultante habitual de las múltiples tendencias que se disputan la vida del hombre. Es como la síntesis de nuestros hábitos. Es la manera de ser habitual de un hombre, que le distingue de todos los demás y le da una personalidad moral propia. Es la fisonomía o «marca moral» de un individuo. Es el conjunto de las disposiciones psicológicas que nacen del temperamento en cuanto modificado por la educación y el trabajo de la voluntad y consolidado por el hábito.

Tres son las causas que originan el carácter:

El Nacimiento: Hay acuerdo general en que los factores de la herencia capital tienen importancia en la constitución del carácter. El niño que viene al mundo trae la «marca de fábrica» que le han impreso sus propios padres, y ese sello jamás se borrará del todo. De ahí la inmensa responsabilidad de los padres sobre el porvenir de sus hijos.

El ambiente exterior: Bosquejado solamente por la naturaleza, el carácter queda sometido mientras viva a la influencia de los agentes exteriores que le rodean. Estos agentes exteriores que actúan sobre nuestro carácter son de tipo muy vario. Los hay físicos, como la alimentación, el aire, el clima y la higiene. Otros agentes exteriores son de tipo moral. La educación, las amistades y el ambiente familiar ocupan el primer lugar.

La voluntad: El nacimiento y el medio ambiente: he ahí dos fuerzas formidables en la formación del carácter. Con todo, una voluntad enérgica y tenaz puede llegar a contrarrestar su peso e inclinar definitivamente la balanza a su favor. Tenemos la inquebrantable convicción de que nuestra alma está en nuestras manos, y que a nosotros corresponde substraerla de la violencia de las pasiones o abandonarnos ciegamente a ellas.

En un carácter ideal la inteligencia es clara, penetrante, ágil, capaz de tanta amplitud como profundidad. La voluntad es firme, tenaz, perseverante. La sensibilidad es fina, delicada, serena, perfectamente controlada por la razón y la propia voluntad. La conciencia es recta pues un hombre sin conciencia es un hombre sin honor; y sin ella, todas las demás cualidades se vienen abajo. La conciencia es un  vigía experimentado y fiel que aprueba lo bueno, prohíbe lo malo. El corazón es bondadoso y se manifiesta en la afabilidad, sencillez y generosidad. Tiene buenos modales que son como el vestido moral del hombre. El exterior de una persona deja transparentar sin esfuerzo su interior.

 El Defecto Dominante[4]

Con la palabra “defecto” se designa entre otras cosas la inclinación a un determinado acto pecaminoso producida por la repetición frecuente del mismo acto. Todos nacemos con predisposiciones naturales a ciertos actos buenos y a otros malos. Si la voluntad no se opone desde el principio a estas predisposiciones connaturales al mal, éstas adquieren pronto mayor vigor y se convierten en verdaderos defectos.  “Defecto dominante” en el hombre es aquella proclividad cuyo impulso es más frecuente y más fuerte, aunque no siempre se observe.

El defecto dominante, a menudo, nos lleva a cometer faltas o pecados. Si el defecto dominante no es combatido enérgicamente irá cegando poco a poco la mente llevando al hombre a culpas cada vez más frecuentes y más graves.

Modos de combatirlo

Para combatir el defecto dominante es necesario ante todo conocerlo, lo cual no se consigue fácilmente. Para conocer nuestro defecto dominante:

Hemos de orar y examinarnos acerca de las infidelidades que más fácilmente y a menudo cometemos.

Es también conveniente observar el objeto a que se dirigen nuestros pensamientos y deseos espontáneamente.

Otro medio de actuar es abrir sinceramente el corazón al confesor que de esta manera nos conocerá a fondo y podrá indicarnos nuestro defecto dominante.

También debemos tener en cuenta las reprensiones que más se nos hacen.

Después de haber conocido nuestro defecto dominante es necesario trabajar sin tregua en extirparlo, especialmente con el ejercicio de las virtudes más directamente contrarias a él.

Para conseguir nuestro intento habremos de orar mucho y examinarnos sobre los progresos que hacemos.

A veces se requieren varios años de dura lucha para desarraigar un defecto, pero no debemos creer que estos esfuerzos son inútiles: con la gracia del Señor se pueden reformar las naturalezas más rebeldes. Tampoco nos hemos de creer vencedores hasta el punto de descuidar toda vigilancia durante el resto de nuestra vida.

PRÁCTICA

Hacer un examen de conciencia escrito en el que identifique: vicios, virtudes, temperamento y defecto dominante. Al final, hacer propósitos firmes en búsqueda de la santidad.

[1] TANQUEREY, Adolphe. Compendio de Teología Ascética y Mística. 1ra. Ed. Quito: Jesús de la Misericordia. P. 302.

[2] Tratado de la Verdadera Devoción, nn. 79-82.

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