Facebook Santa María de la Paz Twitter Santa María de la Paz Youtube Santa María de la Paz
emisora 1560am santa maria de la paz
programacion emisora 1560am santa maria de la paz
 peregrinaciones.jpg

Historia de las peregrinaciones 

El signo del santuario nos atestigua que no estamos hechos para vivir y morir, sino para vivir y derrotar a la muerte con la victoria de Cristo. En consecuencia, la comunidad que celebra a su Dios en el santuario recuerda que es Iglesia peregrina hacia la Patria prometida, en estado de continua conversión y de renovación. El santuario presente no es el punto último de llegada. Experimentando en él el amor de Dios, los creyentes reconocen que no han llegado aún; al contrario, sienten mucho más fuerte la nostalgia de la Jerusalén celestial, el deseo del cielo. Así los santuarios nos ayudan a reconocer, por una parte, la santidad de aquellos a los que están dedicados y, por otra, nuestra condición de pecadores que debemos comenzar cada día de nuevo la peregrinación hacia la gracia. De este modo, nos ayudan a descubrir que la Iglesia "es santa y está a la vez siempre necesitada de purificación" (51), porque sus miembros son pecadores.

La Palabra de Dios nos ayuda a mantener vivo este llamamiento, especialmente a través de la crítica que hacen los profetas al santuario que se ha reducido a lugar de ritualismo vacío: «¿Quién ha solicitado de vosotros que vengáis a pisar mis atrios? No sigáis trayendo oblaciones vanas: el humo del incienso me resulta detestable. Novilunio, sábado, convocatoria: no tolero falsedad y solemnidad... Desistid de hacer el mal, aprended a hacer el bien, buscad lo justo, dad sus derechos al oprimido, haced justicia al huérfano, abogad por la viuda» (Is 1,12-17). Sacrificio agradable a Dios es el corazón contrito y humillado (cf. Sal 51,19-21). Como afirma Jesús: «No todo el que me diga: "Señor, Señor", entrará en el Reino de los cielos, sino el que haga la voluntad de mi Padre celestial» (Mt 7,21).

La continua conversión es inseparable del anuncio del horizonte hacia el cual se proyecta la esperanza teologal. Cada vez que la comunidad de los creyentes se reúne en el santuario, lo hace para recordar a sí misma otro santuario: la ciudad futura, la morada de Dios que queremos comenzar a construir ya en este mundo y que no podemos dejar de desear, llenos de esperanza y conscientes de nuestros límites, comprometidos a preparar lo más posible la llegada del Reino. El misterio del santuario recuerda, pues, a la Iglesia peregrina en la tierra, su condición de precariedad, el hecho de que está encaminada hacia una meta más grande, la patria futura, que llena el corazón de esperanza y paz. Este estímulo a la constante conversión en la esperanza, este testimonio de la primacía del Reino de Dios, del que la Iglesia es inicio y primicia, deberán promoverse con particular esmero en la acción pastoral de los santuarios, al servicio del crecimiento de la comunidad y de cada uno de los creyentes.

16. Símbolo del cielo nuevo y de la tierra nueva

El santuario asume una importancia profética, porque es signo de la esperanza más grande, que nos orienta hacia la meta última y definitiva, donde cada hombre será plenamente hombre, respetado y realizado según la justicia de Dios. Por esto, se convierte en llamamiento constante a criticar la miopía de todas las realizaciones humanas que se nos quieren presentar como absolutas. El santuario puede considerarse, por tanto, como impugnación de toda presunción mundana, de cualquier dictadura política, de toda ideología que quiera decir todo sobre el hombre, porque nos recuerda que existe otra dimensión, la del Reino de Dios que debe llegar en su plenitud. En el santuario resuena constantemente el Magníficat, en el que la Iglesia «encuentra vencido de raíz el pecado del comienzo de la historia terrena del hombre y de la mujer, el pecado de la incredulidad o de la poca fe en Dios» y en el que «María proclama con fuerza la verdad no ofuscada sobre Dios: el Dios santo y todopoderoso, que desde el comienzo es la fuente de todo don, aquel que "ha hecho obras grandes"» (52).

En el santuario se testimonia la dimensión escatológica de la fe cristiana, es decir, su tensión hacia la plenitud del Reino. En esta dimensión se funda y florece la vocación ético-política de los creyentes a ser, en la historia, conciencia evangélicamente crítica de las propuestas humanas, que llama a los hombres al destino más grande, que les impide empobrecerse en la miopía de lo que se realiza, y los obliga a actuar incesantemente como levadura (cf. Mt 13,33) con vistas a una sociedad más justa y más humana.

Precisamente por ser un llamamiento a otra dimensión, la del «cielo nuevo y de la tierra nueva» (Ap 21,1), el santuario estimula a vivir como fermento crítico y profético en este cielo presente y en esta tierra presente, y renueva la vocación del cristiano a vivir en el mundo, aun sin ser del mundo (cf. Jn 17,16). Esa vocación es un rechazo de las instrumentalizaciones ideológicas de cualquier tipo, y más que todo presencia estimulante al servicio de la construcción de todo el hombre en cada hombre, según la voluntad del Señor.

A la luz de esto se comprende cómo una atenta acción pastoral puede transformar los santuarios en lugares de educación a los valores éticos, en particular la justicia, la solidaridad, la paz y la salvaguardia de la creación, para contribuir al crecimiento de la calidad de la vida para todos.

Conclusión

17. Convergencia de esfuerzos

El santuario no es sólo una obra humana, sino también un signo visible de la presencia del Dios invisible. Por esto, se exige una oportuna convergencia de esfuerzos y una adecuada conciencia de las funciones y de las responsabilidades de los protagonistas de la pastoral de los santuarios, precisamente para favorecer el pleno reconocimiento y la acogida fecunda del don que el Señor hace a su pueblo a través de cada santuario.

El santuario presta un valioso servicio a las Iglesias particulares, sobre todo cuidando de la proclamación de la Palabra de Dios y la celebración de los sacramentos de la Reconciliación y de la Eucaristía (53). Este servicio expresa y vivifica los vínculos históricos y espirituales que los santuarios tienen con las Iglesias en las que han surgido, y exige la plena inserción de la acción pastoral realizada por el santuario en la pastoral de los Obispos, con particular atención a lo que más atañe al «carisma» del lugar y al bien espiritual de los fieles que acuden a él en peregrinación.

Bajo la guía del Obispo o de la Conferencia Episcopal, según los casos, los santuarios definen su identidad pastoral específica y su estructura organizativa, que debe expresarse en sus propios estatutos (54). Por lo demás, esta participación de los santuarios en la pastoral diocesana requiere que se atienda a la preparación específica de las personas y de las comunidades que deberán encargarse de ella.

Es igualmente importante promover la colaboración y el asociacionismo entre los santuarios, especialmente entre aquellos de una misma área geográfica y cultural, y la coordinación de su acción pastoral con la acción del turismo y de la movilidad en general. La multiplicación de iniciativas en ese sentido — desde congresos a nivel mundial hasta encuentros continentales y nacionales (55) — ha puesto de relieve la creciente afluencia a los santuarios, ha estimulado la toma de conciencia de nuevas urgencias y ha favorecido nuevas respuestas pastorales a los nuevos desafíos de los lugares y de los tiempos.

El "misterio del Templo" ofrece, por tanto, una riqueza de estímulos que se han de meditar y hacer fructificar con la acción. En cuanto memoria de nuestro origen, el santuario recuerda la iniciativa de Dios y ayuda al peregrino a acogerla con sentimientos de asombro, gratitud y compromiso. En cuanto lugar de la Presencia divina, testimonia la fidelidad de Dios y Su acción incesante en medio de Su pueblo, mediante la Palabra y los Sacramentos. En cuanto Profecía, o sea, evocación de la patria celestial, recuerda que no todo está cumplido, y debe aún cumplirse en plenitud según la promesa de Dios hacia la cual nos encaminamos; precisamente, al mostrar la relatividad de todo lo que es penúltimo con respecto a la última Patria, el santuario ayuda a descubrir a Cristo como Templo nuevo de la humanidad reconciliada con Dios.

Teniendo presentes estas tres dimensiones teológicas del santuario, la pastoral de los santuarios deberá promover la continua renovación de la vida espiritual y del compromiso eclesial, con una intensa vigilancia crítica frente a todas las culturas y las realizaciones humanas, pero también con un espíritu de colaboración, abierto a las exigencias del diálogo ecuménico e interreligioso.

18. María, santuario vivo

La Virgen María es el santuario vivo del Verbo de Dios, el Arca de la alianza nueva y eterna. En efecto, el relato del anuncio del ángel a María está modelado por Lucas, mediante un fino contrapunto, con las imágenes de la tienda del encuentro con Dios en el Sinaí y del templo de Sión. Así como la nube cubría al pueblo de Dios en marcha hacia el desierto (cf. Nm 10,34; Dt33,12; Sal 91,4), y así como esa misma nube, signo del misterio divino presente en medio de Israel, se cernía sobre el Arca de la alianza (cf. Ex 40,35), asimismo ahora la sombra del Altísimo envuelve y penetra el tabernáculo de la nueva alianza que es el seno de María (cf. Lc1,35).

Más aún, el evangelista Lucas relaciona sutilmente las palabras del ángel con el canto que el profeta Sofonías eleva a la presencia de Dios en Sión. El ángel dice a María: «Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo... No temas, María... vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo...» (Lc 1,28-31). El profeta dice a Sión: «Alégrate, hija de Sión, el rey de Israel, el Señor está en tu seno. No temas, Sión... El Señor, tu Dios, está en tu seno, el Poderoso te salvará» (So 3,14-17). En el "seno" (be qereb) de la hija de Sión, símbolo de Jerusalén, sede del templo, se manifiesta la presencia de Dios con su pueblo; en el seno de la nueva hija de Sión el Señor establece su templo perfecto para una comunión plena con la humanidad a través de su Hijo, Jesucristo.

El tema se propone nuevamente en la escena de la visitación de María a Isabel. La pregunta que Isabel dirige a la futura madre de Jesús tiene un gran contenido alusivo: «¿De dónde a mí que la madre de mi Señor venga a mí?» (Lc 1,43). Esas palabras, en efecto, remiten a las de David frente al Arca del Señor: «¿Cómo va a venir a mí el Arca de Yahveh?» (2 S 6,9). María es, pues, la nueva Arca de la presencia del Señor: cabe destacar que aquí, por primera vez en el evangelio de Lucas, aparece el título Kyrios, «Señor», aplicado a Cristo, el título que en la Biblia griega traducía el nombre sagrado de Dios Jhwh. Así como el Arca del Señor permaneció tres meses en la casa de Obed Edom, llenándola de bendiciones (cf 2 S 6,11), también María, el Arca viva de Dios, permaneció tres meses en la casa de Isabel con su presencia santificante (cf. Lc 1,56).

Es iluminativa, a este respecto, la afirmación de san Ambrosio: «María era el templo de Dios, no el Dios del templo, y por eso es preciso adorar solamente a Aquel que actuaba en el templo» (56). Por este motivo, «la Iglesia, a lo largo de toda su vida, mantiene con la Madre de Dios un vínculo que comprende, en el misterio salvífico, el pasado, el presente y el futuro, y la venera como madre espiritual de la humanidad y abogada de gracia» (57), como lo demuestra la presencia de los numerosos santuarios marianos esparcidos por el mundo (58), que constituyen un auténtico «Magníficat misionero» (59).

En los múltiples santuarios marianos, afirma el Santo Padre, «no sólo los individuos o grupos locales, sino a veces naciones enteras y continentes buscan el encuentro con la Madre del Señor, con la que es bienaventurada porque ha creído; es la primera entre los creyentes y por esto se ha convertido en Madre del Emmanuel. Éste es el mensaje de la tierra de Palestina, patria espiritual de todos los cristianos, al ser patria del Salvador del mundo y de su Madre. Éste es el mensaje de tantos templos que en Roma y en el mundo entero la fe cristiana ha levantado a lo largo de los siglos. Éste es el mensaje de los centros como Guadalupe, Lourdes, Fátima y de los otros diseminados en las distintas naciones, entre los que no puedo dejar de citar el de mi tierra natal, Jasna Góra. Tal vez se podría hablar de una específica "geografía" de la fe y de la piedad mariana, que abarca todos estos lugares de especial peregrinación del pueblo de Dios, el cual busca el encuentro con la Madre de Dios para hallar, en el ámbito de la materna presencia de "la que ha creído", la consolidación de la propia fe» (60).

Con este fin, los responsables de la pastoral de los santuarios han de velar, con atención constante, para que las diversas expresiones de la piedad mariana se integren en la vida litúrgica, que es el centro y la definición del santuario.

Al acercarse a María, el peregrino debe sentirse llamado a vivir la "dimensión pascual" (61) que gradualmente transforma su vida mediante la acogida a la Palabra, la celebración de los sacramentos y el compromiso en favor de los hermanos.

El encuentro comunitario y personal con María, «estrella de la evangelización» (62), impulsará a los peregrinos, como animó a los Apóstoles, a anunciar con la palabra y el testimonio de vida «las maravillas de Dios» (Hch 2,11).

Dentro de los apostolados de la Corporación Santa María de la Paz, se encuentran las peregrinaciones. Una tradición que en la Iglesia católica  inició en el año 313 y aumentó considerablemente cuando la Iglesia se vio libre del Imperio Romano.

Las más antiguas peregrinaciones cristianas tenían como destino Roma y Tierra Santa, con el fin de visitar las tumbas de los mártires.

En la actualidad, la Iglesia ha encontrado en los últimos Papas el modelo de los peregrinos, que nos recuerdan que el cristiano es ante todo un peregrino y que la Iglesia misma es un pueblo peregrino.

En una peregrinación está la posibilidad de reencontrarse con la historia cristiana y la realidad permanente de crecer en la fe, porque recuerda que Dios nos acompaña en cada momento de la vida para lograr la misión que se nos ha encomendado.

Así pues, las peregrinaciones favorecen la práctica de los valores cristianos, estimulan un culto integral a Dios, en el que podemos cantarle, escucharle, alabarle, estar en su presencia. Nos dispone a ser agradecidos y ante todo nos recuerda nuestra común subsistencia y la necesidad de una salvación comunitaria.