| Nuestra Arquidiócesis. |
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| Escrito por Jose Merizalde |
| Miércoles, 04 de Julio de 2012 15:41 |
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Ricardo Tobón Restrepo. Arzobispo de Medellín.
15/05/2012 - Vivamos el misterio de Pentecostés.
Por esto, la misma tarde de Pascua, Jesús Resucitado entra en el cenáculo y soplando sobre los discípulos les dice: “Reciban el Espíritu Santo” (Jn 20,22). El Espíritu Santo es el Amor, que brota del acto supremo de amor de Dios, que por nosotros entrega al Hijo (cf Jn 3,16); un amor que nos rescata de la soberbia y el egoísmo en que estábamos encerrados. En el Espíritu, Dios se nos manifiesta en su esencia que es el Amor, nos permite participar de su misma vida trinitaria al abrirnos la posibilidad de entregarnos como el Hijo en la cruz, nos permite pregustar la bienaventuranza que gozaremos plenamente en el cielo. No es fácil decir lo que realiza la potencia del Amor de Dios en nosotros. No hay palabras para explicar cómo, con su Espíritu, Dios pone su omnipotencia a nuestro servicio, desciende a nuestro nivel, se hace verdad y amor dentro de nosotros. Por eso, mediante el Espíritu Santo hemos adquirido una existencia nueva en el Bautismo (cf Jn 3,5). El nos hace entender y gustar nuestra condición de hijos de Dios (cf Rm 8,16). El nos lleva a una experiencia de Dios, recordándonos todas las cosas que Jesús ha dicho y vivido (cf Jn 14,26); más aún, nos introduce en la Verdad que es Jesús. El nos lleva a orar en “Espíritu y Verdad” (cf Jn 4,23), para que nuestra oración sea un acto filial y no un rito vacío. El nos hace Iglesia, viviendo la unidad como miembros del único Cuerpo de Cristo. Es triste ver que, con intenciones no siempre claras y buenas, se manipulan las personas y se explota su emotividad, con ciertos reduccionismos o aprovechamientos indebidos de la persona y de la obra del Espíritu Santo, que permiten a algunos hacer promesas imposibles o garantizar soluciones mágicas a quienes padecen necesidades. También en este caso es preciso decir con fuerza que no se puede “usar el nombre de Dios en vano, porque Dios no dejará sin castigo a quien toma su nombre en falso” (Ex 20,7). La próxima solemnidad de Pentecostés debe servirnos para conocer mejor al Espíritu Santo y aceptar su acción en nosotros, para buscar con su ayuda la conversión, la santidad, la unidad de la Iglesia y la fuerza para realizar la apremiante tarea de la evangelización que se nos ha confiado. Quiero, entonces, invitarlos a vivir de un modo especial la gran solemnidad de Pentecostés. El año pasado, con la fuerza del Espíritu, hicimos el lanzamiento de la Misión Continental; ahora, de nuevo con su ayuda, asumiremos los cuatro Programas Pastorales que se empiezan a poner en marcha en nuestra Arquidiócesis. Pido por tanto que, con este fin, en todas las parroquias se celebre con particular fervor el Domingo de Pentecostés, que se prepare con una seria catequesis y con una solemne vigilia la víspera, y que se pida la apertura de todos al Espíritu para acoger y realizar el proyecto pastoral que estamos proponiendo. Como una preparación, a nivel diocesano, para este gran Pentecostés que se vivirá en todas las parroquias, convoco a todos los fieles y especialmente a quienes integran grupos apostólicos, pequeñas comunidades y equipos para la Misión Continental para que nos congreguemos en el Estadio “Atanasio Girardot”, el próximo 21 de mayo, y nos dispongamos para recibir el don del Espíritu Santo, que nos da Cristo Resucitado.
22/05/2012 - Movimientos cismáticos y supuestos sacerdotes. En los últimos años, además de los seguidores de diversos grupos cristianos y de los miembros de otras religiones, se ha incrementado en el Área Metropolitana de Medellín el número de personas que sin recibir el sacramento del Orden se hacen pasar por sacerdotes católicos y de sacerdotes de movimientos cismáticos. En general, “cisma” significa división, ruptura o escisión entre los individuos de un partido, un movimiento, una asociación o una comunidad.
El término “cisma” es mantenido por la primera generación cristiana para calificar la ruptura de comunión provocada por estas divergencias, la cual se manifiesta por la desobediencia a la autoridad legítima, que es el obispo. A lo largo de la historia de la Iglesia se han dado no pocos movimientos cismáticos, siendo los más conocidos y dolorosos los que llevaron, primero, a la separación de la Iglesia Oriental y Occidental y, luego, a la división dentro de la misma Iglesia de Occidente. Los sacerdotes de los movimientos cismáticos a los que aquí nos referimos, con frecuencia, están registrados en organizaciones aprobadas por el Gobierno Colombiano que, en virtud de la libertad de cultos, les ha concedido personería jurídica. Se denominan como sacerdotes de la Iglesia Católica y realizan las celebraciones, utilizan las vestiduras litúrgicas, llevan los títulos y emplean los libros y símbolos de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Algunos se presentan a nombre de parroquias, de comunidades religiosas o de instituciones sociales católicas muy conocidas. Muchas personas se quejan por la confusión que se está creando y numerosos fieles católicos se han visto verdaderamente engañados por estos sacerdotes que ofrecen la celebración de la Eucaristía y de otros sacramentos en casas, fincas y fábricas. Aunque no están en comunión con el Papa Benedicto XVI, para lograr sus fines ocultan su origen, disimulan la separación y no dan a conocer las diferencias que los distancian de nosotros. Algunos, sin que haya nada efectivo en este sentido, suavizan su situación diciendo que están en conversaciones con el Arzobispo de Medellín para llegar a la unidad. Mientras los miembros de las grandes religiones y de las denominaciones cristianas surgidas de la Reforma Protestante son claros al manifestar su identidad (judíos, musulmanes, luteranos, bautistas, evangélicos, presbiterianos, etc.), ciertos miembros de movimientos católicos cismáticos buscan camuflarse y moverse en la ambigüedad. Además de lamentar profundamente que no tengamos la unidad querida por Nuestro Señor Jesucristo, preocupa en gran manera este engaño y esta confusión que se están generando y que son contrarios a la verdad, a la honestidad y al Evangelio. Manteniendo un profundo respeto por todas las personas, reconociendo el derecho a la libertad religiosa, acatando las disposiciones establecidas por la ley civil y queriendo en todo momento que los que creemos en Cristo seamos un solo rebaño bajo un solo pastor (cf Jn 10,16), tenemos el deber de hacer claridad a los fieles de la Iglesia Católica Apostólica y Romana sobre personas y movimientos que, al no estar en plena comunión eclesial, pueden estafarlos en su buena fe y hacerles mucho daño. Próximamente indicaré la forma de proceder.
04/06/2012 - Dios sostiene a su Iglesia. Los acontecimientos que se han vivido en los últimos días en el Vaticano, ya ampliamente conocidos y tan aprovechados por el sensacionalismo de algunos medios de comunicación, nos permiten acercarnos, una vez más, a la realidad humana y divina de la Iglesia. El robo y publicación de documentos privados del Papa es un acto inmoral grave, tanto por lo que se refiere a la violación de la reserva a la que tiene derecho cualquier persona como por el ultraje a quienes han depositado su confianza en el Santo Padre al manifestarle, en conciencia, sus juicios y opiniones. Ante estos hechos, se ha actuado con rapidez, con transparencia, con determinación, con respeto riguroso a las personas y de acuerdo con los procedimientos previstos por las leyes de la Curia Romana. El mismo Benedicto XVI, de un modo inusual, se refirió a estos sucesos, señalando que han producido tristeza en su corazón, pero que “no se ha ofuscado nunca la firme certeza de que, a pesar de la debilidad del hombre, las dificultades y las pruebas, la Iglesia es guiada por el Espíritu Santo y el Señor nunca le hará faltar su ayuda para sostenerla en su camino".
Ante estos hechos, admira la autoridad serena de Benedicto XVI, sostenida por la convicción que, desde los comienzos, la institución eclesial ha estado raramente libre de peligros y a la altura del ideal. La imperfección aparece donde hay personas humanas y, por tanto, no faltan episodios que afectan la máquina institucional, con riesgo de escándalo para los fieles y de pérdida de credibilidad en el mundo. El Papa sabe que la Iglesia, a veces sucia en su envoltura institucional, compuesta por hombres que no se han dejado santificar por el evangelio y los sacramentos, permanece sin mancha en su misterio, que es Cristo mismo. Sin embargo, para que refulja la “perla” es preciso engastarla en una estructura cada vez más apta y disponible para la obra que el Espíritu de Dios le ha confiado en la historia. Así comprendemos que, mientras confiamos en la santidad de la Iglesia y mientras estamos ciertos que Dios la guía y sostiene, a nosotros nos corresponde empeñarnos en este momento, a todos los niveles y con todas las fuerzas, para llegar a una profunda purificación, a una sólida unidad y a un relanzamiento misionero de nuestra Iglesia, que debe ser una enseña en medio de las culturas y de los pueblos.
12/06/2012 - No hay futuro en la humanidad sin la familia. Con la presencia de Su Santidad Benedicto XVI, se celebró recientemente en Milán, del 30 de mayo al 3 de junio, el VII Encuentro Mundial de las Familias. Se congregaron familias de todo el mundo, unidas por la alegría de creer en Jesucristo, para reflexionar sobre el tema “La Familia, el trabajo y la fiesta”. Allí el Papa expuso la capacidad del cristianismo para dar alegría al corazón y esperanza a los pueblos. A más de un millón de personas reunidas pudo decirles que el futuro pertenece a aquellos que tienen fe en Cristo y que no hay futuro en la humanidad sin la familia, esa comunidad de amor que Dios ha querido para el hombre y la mujer. Les ha recordado a las familias que son “el principal recurso de toda sociedad”. “Queridos esposos, dijo Benedicto XVI, en la vivencia del matrimonio ustedes no donan cualquier cosa o actividad, sino la vida entera. Y su amor es fecundo sobre todo por ustedes mismos, porque desean y realizan el bien uno para el otro, experimentando la alegría del dar y del recibir”. Justificó esta fecundidad diciendo que “la vida en familia es la primera e insustituible escuela de las virtudes sociales, tales como el respeto a las personas, la gratuidad, la confianza, la responsabilidad, la solidaridad, la cooperación”. En todas sus intervenciones el Santo Padre proclamó el “Evangelio de la Familia”, mostrando que es el principal patrimonio de la humanidad, subrayando que es en familia donde se experimenta por primera vez cómo la persona humana no ha sido creada para vivir encerrada en sí misma, sino en relación con los demás y es en la familia donde se empieza a encender en el corazón la luz de la paz para iluminar nuestro mundo. Siguiendo el tema del encuentro, hizo énfasis en la importancia de la “tríada” familia, trabajo y fiesta, como dones de Dios, como dimensiones de nuestra vida que deben encontrar un equilibrio armónico para construir sociedades con rostro humano. Al regresar a Roma, el Papa sintetizaba todo diciendo: “El Encuentro mundial de Milán ha sido así una elocuente «epifanía» de la familia, que se manifestó en la variedad de sus expresiones, pero también en la unicidad de su identidad sustancial: la de una comunión de amor, fundada en el matrimonio y llamada a ser santuario de la vida, pequeña Iglesia, célula de la sociedad. Desde Milán se lanzó a todo el mundo un mensaje de esperanza, fundado en experiencias vividas: es posible y gozoso, aunque sea comprometedor, vivir el amor fiel, «para siempre», abierto a la vida; es posible participar como familias en la misión de la Iglesia y en la construcción de la sociedad”. Este encuentro debe tener profundas resonancias en nuestra pastoral familiar. Hoy cuando el matrimonio afronta tantos desafíos, desde el egoísmo personal hasta ciertas agendas políticas que quieren borrar su concepto natural, es necesario que trabajemos más por mostrar la belleza y la trascendencia de la vocación matrimonial, por formar a los novios para este estado de vida y para esta misión, por difundir la enseñanza de la Iglesia sobre la familia como ámbito natural del amor y de la vida, por defender los derechos de la familia y por lograr que las familias sean acogidas y protegidas en la sociedad. Cuidar la causa de la familia es cuidar la causa misma del hombre y de la civilización.
16/06/2012 - Misas en las casas.
Ante la Eucaristía, como decía el Beato Juan Pablo II, no cabe más que el asombro, la gratitud y la apertura a la sublimidad del misterio. Es la manera de evitar la tentación de reducirlo a alguna de sus dimensiones, de volverlo una repetición ritual o de someterlo al irrespeto y la ambigüedad (cf EdE,10). De una parte, es preciso tomar conciencia de la purificación y preparación que exige la Eucaristía, pues San Pablo afirma: “Examínese cada uno a sí mismo, y después coma del pan y beba de la copa; ya que el que come y bebe sin distinguir ese Cuerpo, come y bebe su propia condenación” (1 Cor 11,28-29). Llega incluso a decir que esta falta de purificación ha sido la causa de castigos con los que Dios corrige a la comunidad de Corinto. De otra parte, es necesario tener siempre presente que, con la Eucaristía, el Señor nos da la posibilidad de un acto salvífico perfecto que realiza su presencia personal y viviente en medio de nosotros, hasta el punto que el Concilio Vaticano II enseña que “en la santísima Eucaristía se contiene todo el bien espiritual de la Iglesia” (PO, 5). No es posible, por consiguiente, acostumbrarnos a tratar con frivolidad este don incomparable. Estas reflexiones es preciso tenerlas presentes, concretamente, por lo que se refiere a la celebración de la Eucaristía en casas de familia. Si bien, en un sentido, puede considerarse una gracia de Dios para una familia y puede verse como la ocasión de tener una celebración íntima y gozosa de la fe, en otro, es la causa de no pocos problemas. En efecto, podemos constatar estas dificultades: 1) Es imposible complacer a todos los que quisieran una celebración eucarística en su casa. 2) No siempre se tiene el ambiente adecuado para la celebración de un misterio tan grande y se puede terminar en una banalización o irrespeto de lo sagrado. 3) Se facilita la actuación de supuestos sacerdotes o de sacerdotes que no están en comunión con el Papa y buscan crear sus grupos o beneficiarse económicamente. 4) Se presta para la simonía, para reducir la Eucaristía a un acto social y para otros abusos. Por tanto, sobre la Eucaristía en casas de familia sigamos las siguientes disposiciones: 1. La Misa en las casas sólo se autoriza cuando haya un enfermo en estado grave, que no puede ir al templo. 2. No se permite en una casa más de dos misas cada año y se buscará que nunca sea en sábados o domingos. 3. Debe celebrarla el párroco o su vicario o un sacerdote expresamente delegado por él. 4. Se la debe preparar cuidadosamente, celebrar con unción, aprovechar para una buena catequesis y para motivar un más claro sentido de pertenecía de los fieles a la parroquia. 5. En caso de que la celebración la presida un sacerdote pariente o amigo cercano del enfermo debe tener permiso por escrito del Párroco y esto debe darse a conocer al comienzo de la Eucaristía. 6. Las Misas de exequias, que no se celebran en el cementerio, deben celebrarse en la parroquia del difunto; es preciso exigir esto a las funerarias. 7. Por las Misas en las casas queda prohibido recibir cualquier estipendio. Así se da un verdadero y desinteresado signo de cercanía de la parroquia con las familias y los enfermos y se desmonta el contexto que muchos pueden utilizar para hacer negocio con lo sagrado.
22/06/2012 - Los obispos de Colombia hacen vibrar el mensaje redentor del Evangelio. Rubén Salazar Gómez, Arzobispo de Bogotá. Presidente de la Conferencia Episcopal Colombiana.
En la audiencia celebrada esta mañana con el Papa, los obispos colombianos en visita Ad Limina Apostolorum, representados por el Presidente de la Conferencia Episcopal y Arzobispo de Bogotá, Monseñor Rubén Salazar Gómez, dirigieron su saludo al Santo Padre en el que le informan que la Iglesia, siguiendo de cerca las directrices de la V Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en Aparecida- se esfuerza por hacer vibrar el mensaje redentor del Evangelio, con la fuerza misionera que le es propia, iluminando con la Luz de Jesucristo todos los ámbitos de la vida nacional, mostrando al mundo la belleza y la riqueza insondables del Evangelio y poniendo de manifiesto la presencia salvadora del Señor resucitado, con el empeño de que los principios evangélicos sean reconocidos y aceptados en lo íntimo de la conciencia de cada colombiano y en las leyes de la República y crear, así, un marco propicio que oriente la vida personal y comunitaria de los ciudadanos. Texto del discurso del presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia, Monseñor Rubén Salazar Gómez. Beatísimo Padre. Con la profunda alegría que nace de la comunión en la fe, la esperanza y el amor con Vuestra Santidad, venimos los obispos de Colombia a presentaros nuestro saludo de obediencia filial, a exponeros lo que está en nuestro corazón y a escuchar Vuestro Magisterio como Sucesor de Pedro y Pastor universal de la Iglesia. Los orígenes y la historia de nuestra Patria han sido íntimamente plasmados por el Evangelio y por la presencia de la Iglesia como factor aglutinante de la nacionalidad. Hoy, sin embargo, la realidad nos muestra una Colombia pluralista, en la que la voz de la Iglesia parece ser una más entre las múltiples expresiones que nos golpean, especialmente a través de los medios de comunicación social. En este contexto, la Iglesia en Colombia –siguiendo de cerca las directrices de la Quinta Conferencia General del Episcopado Latinoamericano y del Caribe, reunida en Aparecida- se esfuerza por hacer vibrar el mensaje redentor del Evangelio, con la fuerza misionera que le es propia, iluminando con la Luz de Jesucristo todos los ámbitos de la vida nacional. Asumiendo los caminos de la nueva evangelización, trazados por Vuestra Santidad, y en la perspectiva del Año de la fe, queremos ser signo del amor de Jesucristo. Obispos, presbíteros, diáconos, consagrados y laicos nos esforzamos por escuchar y asimilar en la oración el Evangelio, tal y como es proclamado por la Iglesia Universal y, de modo particular, por el riquísimo Magisterio de Vuestra Santidad; nos alimentamos fervientemente con los sacramentos, especialmente con la Eucaristía, y fortalecemos permanentemente la vivencia comunitaria. De esta manera, la Iglesia se esfuerza todos los días por mostrar al mundo la belleza y la riqueza insondables del Evangelio y manifestar a nuestra sociedad la presencia salvadora del Señor resucitado, con el empeño de que los principios evangélicos sean reconocidos y aceptados en lo íntimo de la conciencia de cada colombiano y en las leyes de la República y crear, así, un marco propicio que oriente la vida personal y comunitaria de los ciudadanos. Padre Santo, venimos hoy en peregrinación ad limina Apostolorum para escucharos con profunda devoción y que Vuestra Palabra nos aliente en nuestro humilde servicio al Evangelio y nos abra perspectivas nuevas para poder seguir adelante en el cumplimiento de la tarea que el Señor nos ha encomendado. Imploramos Vuestra Bendición Apostólica sobre todos los hijos de nuestra Patria. Todos anhelamos poder tener un día Vuestra presencia entre nosotros como prenda del amor y la misericordia de Dios en medio de nuestro continuo afán por la reconciliación, la justicia y la paz.
25/06/2012 - Siete años con Benedicto XVI. La solemnidad de San Pedro y de San Pablo, que celebraremos el próximo 29 de junio, nos ofrece de nuevo una ocasión privilegiada para agradecer a Dios el ministerio del Papa, para sentir la comunión con toda la Iglesia a partir de su servicio apostólico, para comprometernos a aprovechar mejor su rico magisterio y para implorar confiadamente la ayuda divina que necesita el sucesor de Pedro en la realización de su misión eclesial. Hace siete años que Joseph Ratzinger, al ser elegido como Obispo de Roma y, por lo mismo, Pastor universal de la Iglesia, se presentó como “un humilde trabajador en la viña del Señor”. Efectivamente, dentro de esa actitud de sencillez, se ha ido perfilando un pontificado que ya no fue breve ni de transición, como algunos suponían, sino de alcance histórico y en perfecta continuidad con los grandes Papas que lo han precedido.
Admira la fe del Papa en una hora en que avanza el secularismo, crece la descristianización, domina el relativismo y se desconoce aun la moral natural. Durante su viaje a Portugal decía: “Como veis, el Papa necesita abrirse cada vez más al misterio de la Cruz, abrazándola como su única esperanza y última vía para ganar y reunir en el Crucificado a sus hermanos y hermanas en humanidad”. Con motivo de su último cumpleaños afirmaba: “Sé que Cristo ha resucitado y que su luz es más fuerte que cualquier oscuridad, sé que la bondad de Dios es más fuerte que todos los males de este mundo. Y esto me ayuda a proceder con seguridad”. Otra de las características que definen a Benedicto XVI es su tono positivo. Su enseñanza no es una serie de prohibiciones, sino una presentación gozosa de la vida cristiana. En su excelente servicio de maestro, que va a lo fundamental y que no cansa, dice lo que piensa y lo que el mundo necesita escuchar, sin humillar a nadie. Lástima que las interesadas distorsiones y polémicas que algunos medios hacen de su magisterio impidan que sea acogido por muchos en toda su belleza y profundidad. Igualmente, no pasa desapercibido que Benedicto XVI afronta hasta el fondo y en primera persona los problemas; no los escamotea aunque sean difíciles. Así lo hemos visto al tratar situaciones incómodas como la de la pederastia en el clero, las relaciones con los musulmanes, la realidad de los lefebrianos, la transparencia económica en el Vaticano, la acogida de los anglicanos, la purificación de algunas instituciones o movimientos eclesiales, la problemática de los sacerdotes austríacos. En este momento en el que vemos la necesidad de reforzar el sentido de pertenencia a nuestra Iglesia, en el que necesitamos vivir plenamente la comunión, acojamos el servicio apostólico y el magisterio de un Papa que apunta al corazón del ser cristiano, que enseña el Evangelio con la sabiduría de un Padre de la Iglesia, que conduce con serena y pastoral autoridad al Pueblo de Dios, que es enemigo del poder y el carrerismo, que sueña con la unidad de los cristianos, que ama a la Iglesia y lleva con dignidad el dolor que producen sus pecados.
Entrevista realizada por ACI Prensa a Monseñor Rubén Salazar Gómez, presidente de la CEC y Arzobispo de Santafé de Bogotá, con motivo de la Visita Ad Limina Apostolorum de los obispos colombianos al Papa.
06/07/2012 - Trabajar para crear respeto a la vida en Colombia.
Es siempre muy emocionante saludar al Santo Padre, sobre todo porque Benedicto XVI es una persona sumamente cálida, muy cercana. Uno entra en un contacto personal fácilmente que llena de entusiasmo, que motiva, que hace sentir verdaderamente la presencia de la Iglesia animándolo y empujándolo a uno. ¿Qué les ha dicho en su mensaje o con qué se quedaría de este mensaje? Bueno, hay que tener en cuenta que somos dos grupos y el Papa va a tener otro mensaje para el grupo siguiente. Son dos mensajes que se complementan, habría que esperar a tener el otro para mirar el conjunto del mensaje. Pero hoy nos ha insistido sobre todo en seguir adelante la tarea de la evangelización, no descuidando el hecho de que en América Latina, y en Colombia en particular, hay una invasión de sectas, otras denominaciones religiosas, y teniendo en cuenta también que tenemos que trabajar arduamente para la concepción de una sociedad justa, una sociedad de paz. ¿Qué le ha comunicado al Santo Padre sobre la situación en Colombia? Pues en el discurso de iniciación, yo he hablado sobre todo de cómo la Iglesia en este momento tiene que vivir una situación de pluralismo ideológico y de pluralismo religioso. Por lo tanto, la Iglesia tiene que dar más claramente el testimonio del Señor Jesucristo. ¿Qué se lleva usted de esta visita Ad Limina, con qué se queda de estos días? La visita Ad Limina es una visita muy amplia, muy rica, yo pienso que lo más importante es la comunión, que se refuerza la comunión al interior de la Iglesia y también entre nosotros los obispos. Por tanto, la impresión fundamental es una impresión de comunión. Se ha hablado de la formación de los seminaristas. ¿Cómo es la situación de los seminaristas en su país? En Colombia la formación de los seminaristas es bastante buena. Nosotros tenemos más de 80 seminarios mayores donde se forman los futuros sacerdotes, y tenemos un cuidado especial de seguimiento con ellos. Por ejemplo, cada año se hace una reunión con los rectores de estos seminarios y se trabaja mucho para que la formación sea la mejor posible siguiendo las directivas de la Iglesia, especialmente las que nos dio el Papa Juan Pablo II en la Exhortación Apostólica Postsinodal sobre la formación de los sacerdotes. ¿Qué me puede decir de la posible visita de Benedicto XVI a Colombia?
Todos la deseamos, pero debemos ser realistas en el sentido de que nosotros sabemos que el Santo Padre tiene una salud frágil y que ya ha cumplido 85 años. Yo estoy seguro de que quiere ir, Dios quiera que las fuerzas se lo permitan. ¿Se ha hablado de esto en esta visita o no? Lo hemos invitado. Él no ha dicho ninguna palabra de respuesta porque es prudente. ¿Cuáles son los principales desafíos de la Iglesia en Colombia? El principal desafío es hacer una presencia nueva con el Evangelio, es decir, lograr que la inmensa mayoría de los colombianos que son bautizados, redescubran el sentido de la persona de Jesucristo y se unan a Él, y empiecen a ser verdaderos discípulos suyos. Por lo tanto que empiecen a escuchar el Evangelio y a vivir de acuerdo con el Evangelio, y que todos podamos construir la paz que tantos necesitamos. ¿Cómo vive la fe un católico de a pie en Colombia? Bueno, es muy difícil responder de una solamente. Indudablemente porque hay muchas vivencias con las personas, pero en general, yo creo que se respira un ambiente de fe, de respeto al Señor Jesucristo, de escucha de su palabra. En general yo pienso que hay un ambiente religioso. ¿Cómo se defienden de las sectas? No nos defendemos. Sino que tratamos de vivir a fondo lo que somos. ¿Qué testimonio dan a la gente que abandona la Iglesia Católica engañada por otras ideas? ¿Cómo afrontarlo? Pues nosotros lo combatimos precisamente logrando que las personas vivan cada vez mejor su fe. Cuando la persona vive la fe, al interior de la Iglesia, no necesita ir a buscar otra experiencia. ¿Cómo va el tema de la defensa de la vida ante el aborto? La plataforma de la vida yo diría que no solamente es problema del aborto, sino todo lo que atenta contra la vida. También ustedes saben perfectamente que en Colombia hay una situación de violencia, que hay muchos homicidios y esto también tenemos nosotros que trabajar para crear el respeto a la vida. También es respeto a la vida, por ejemplo, la defensa de los niños, para que no estén desnutridos, para que puedan tener todos sus derechos. Entonces yo pienso que todo lo que nosotros hacemos en algún sentido es defensa de la vida, pero especialmente tenemos que tomar conciencia de que hay que crear una verdadera defensa desde el primer momento de la concepción hasta la muerte natural. O sea, que todo el arco de la vida humana tiene que ser respetado, tiene que ser defendido y tiene que ser promovido. ¿Cuál es el papel de la Iglesia en el conflicto con las FARC? Nosotros no podemos ser mediadores ni negociadores, sino que simplemente somos facilitadores y, en ese sentido, estoy seguro que en el momento que sea oportuno vamos a poder cumplir esa tarea. De hecho, en este momento estamos preparándonos para hacer un taller de obispos sobre cuál tendría que ser nuestro papel en el caso de una negociación. ¿Ha habido algún converso dentro de las FARC que haya abandonado la violencia gracias a descubrir a Dios? Ha habido muchos conversos dentro de las FARC. Eso es permanente, lo que nosotros llamamos los desmovilizados, son muchos, miles. Lo que pasa es que no siempre se publicita cada uno de los casos, pero sí, el número ha ido creciendo de combatientes de las FARC que se desmovilizan y se acogen a las leyes que tiene el gobierno para empezar una vida normal. ¿Y frente al tema de la droga, cómo estáis combatiendo esto? ¿Cómo ayuda la Iglesia? Yo creo que el problema de la droga es también un problema de formación. De que los niños, los jóvenes, las personas tengan todo lo que necesitan y por lo tanto no tengan que acudir a la droga como su refugio, como un mecanismo de escape a las circunstancias difíciles de la vida. En ese sentido, nosotros trabajamos muy fuertemente. Hay unas comunidades religiosas, como por ejemplo, los terciarios capuchinos, que trabajan constantemente en la rehabilitación de los drogadictos y, en general, también nosotros luchamos pidiéndoles a las personas que vivan de una manera sana. En todos los sentidos. He leído que usted ha dicho que quizá la legalización en la venta ayudaría. Yo no he dicho legalización. Yo he dicho despenalización, que es distinto. Yo pienso que de pronto, una despenalización de la droga puede ayudar a que poco se vaya pues normalizando un poco más todo el comercio de la droga. Esto no es una cosa que pueda hacer Colombia sola, sino que tiene que ser un gran acuerdo internacional. ¿Pero eso está de acuerdo con las enseñanzas de la Iglesia? ¿No iría en contra? La despenalización no, la legalización de pronto sí. Porque lo legal es aquello que hay que promover, es aquello que hay que favorecer. Entonces, legalizar la droga sería decir que la droga es un derecho que hay que promover y que hay que defender. En cambio, despenalizar significa que a la persona que consume no se penaliza, pero se sigue considerando que es algo indebido, que debe ser tratado y por lo tanto tiene que ser afrontado de alguna manera. Respecto al hombre homosexual estadounidense que adoptó a dos menores de edad en Colombia ¿qué opina? Esto nosotros ya hemos dicho en la Iglesia que no nos parece bien. El problema de la adopción de los niños es un problema que hay que tratar con mayor seguridad y con mayor seriedad en el país. Se trata sencillamente del futuro de los niños. Entonces no es solamente este caso de un homosexual que quiere adoptar unos niños, sino que hay tantos casos de personas que adoptan y que se les permite adoptar que no estarían en condiciones de hacerlo. Entonces, lo que nosotros decimos es que en estos casos el instituto colombiano del estado familiar, que es el que permite estas adopciones, pues lo haga con mayor seriedad, con mayor cuidado para que los niños no corran peligro. El Santo Padre hoy ha hablado del plan global de la conferencia episcopal de Colombia de 2012 a 2020. ¿Qué abarca este plan? Este plan lo hemos hecho a lo largo de muchos años, ha sido el fruto de un trabajo largo sobre el análisis de la realidad del país, sobre los desafíos de lo que esa realidad significa para la Iglesia, y por lo tanto, es un intento fuerte de ver cómo desde la Conferencia Episcopal apoyamos el trabajo de las diócesis. Porque las que realizan propiamente el trabajo son las diócesis, la Conferencia Episcopal es simplemente una ayuda y un apoyo. Y en ese sentido queremos que todo el organismo que es la Conferencia Episcopal pueda organizarse mucho mejor para apoyar el trabajo diocesano. ¿Qué mensaje dará a los obispos de su país después de este encuentro con el Papa? Pues que el Santo Padre es muy consciente de los problemas que nosotros vivimos, que el Santo Padre nos invita a seguir adelante con entusiasmo, con alegría, con valentía, y que el Santo Padre, por lo tanto, piensa que unidos profundamente todos los obispos y con él vamos a poder recitar el Evangelio como el mundo necesita. Monseñor Rubén Salazar. Presidente de la Conferencia Episcopal de Colombia y Arzobispo de Santafé de Bogotá.
09/07/12 -El Domingo. Debemos hacernos cada vez más conscientes de un acontecimiento que reviste gran importancia: el Señor congrega a sus discípulos, cada domingo en las parroquias, para que “hagan su memoria”. La Eucaristía celebrada y vivida el domingo es fuente de comunión con Dios y con los hermanos, es experiencia profunda de la vida eclesial, es estímulo para desempeñar la propia misión en el mundo y es aliciente para caminar en la esperanza. Un cristiano y una parroquia no pueden vivir sin el encuentro que tienen con Cristo Resucitado en la Misa de cada domingo.
De esto se derivan tres tareas concretas para nuestras parroquias. En primer lugar, subrayar como nunca el valor antropológico, la dimensión social, el sentido festivo y, ante todo, el significado religioso del domingo. Deberíamos ser capaces de ofrecer experiencias de comunidad y de fiesta que liberaran a la gente de la doble esclavitud de la absolutización del trabajo y de la reducción del descanso a mera diversión. Es necesario que aprendamos a vivir el sentido auténtico de la fiesta que abre a la trascendencia. Particularmente las familias deberían aprender a vivir el día festivo como ocasión para expresarse su amor, para consolidar la unidad y para situarse ante Dios y ante los demás. Una segunda tarea es cuidar cada vez más la calidad de las celebraciones eucarísticas dominicales. Darle todo el sentido a los signos y a los ritos sin variaciones e intromisiones indebidas, subrayar el vínculo fundamental entre liturgia y vida, comentar la Palabra de Dios procurando que sea verdadero alimento para los fieles dentro de las condiciones que viven, darle espacio al silencio que favorezca la interiorización y la plegaria, procurar que el canto en el que debe participar toda la asamblea una la calidad artística y la propiedad litúrgica, hacer que el lugar de la celebración sea acogedor y lleve a la relación con Dios. Debemos llegar a tener una liturgia a la vez simple, bella e inteligible que abra al “misterio” y en la que participe toda la comunidad. Por último, tenemos la tarea de logar que el día del Señor sea fuente de comunión, de testimonio, de misión. La escucha de la Palabra de Dios y la celebración comunitaria de la Pascua del Señor deben hacernos capaces de vivir la fraternidad, de anunciar a otros el Evangelio, de ayudar a los pobres, de servir a los demás con generosidad y de intervenir en la transformación de la sociedad. La celebración cristiana del domingo, cuyo centro es la Eucaristía, tiene que tener repercusiones concretas y efectivas en la vida de una comunidad humana. Si la espiritualidad que promueve el domingo no influye en un cambio de las personas, de las familias y de la sociedad, algo no está funcionando en nuestra Iglesia. Conviene enfatizar que no es lo mismo el sábado que el domingo; los cristianos, desde el comienzo continuando los encuentros con el Resucitado, hemos celebrado el primer día de la semana. Tampoco es lo mismo la Eucaristía vivida en un pequeño grupo o en el ámbito eclesial de la comunidad parroquial. Tenemos que llegar a que el domingo, que pone en el mundo la dinámica de la resurrección del Señor, sea el día del que parte la vida en toda sus expresiones; sea la ocasión para aprender a tener tiempo “libre”, no para la sociedad de consumo y para la esclavitud de las pasiones; sea el espacio de la oración, de la interioridad, del encuentro gozoso con los demás, del regocijo ante lo bello y lo trascendente.
17/07/12 -La Asamblea de la Conferencia Episcopal.
La comunidad parroquial acompaña a sus fieles a lo largo de la vida, desde su nacimiento hasta la muerte. De esta manera, cuando engendra los hijos de Dios por el Bautismo, cuando los inicia en la fe, cuando santifica todos los momentos de su existencia con la Eucaristía y los demás sacramentos, cuando les muestra su solicitud por la catequesis, la atención a los enfermos y la ayuda a los pobres y cuando los despide hacia la casa del Padre, la parroquia refleja admirablemente la santidad, la belleza y la maternidad de la Iglesia.
Lo ideal es que las exequias se celebren en la propia parroquia del difunto. Para conducir bien este momento pastoral y litúrgico, que tiene tantas implicaciones, tengamos en cuenta lo siguiente: 1. Es necesario que las parroquias estén abiertas y sean acogedoras, que los sacerdotes y empleados que sirven a los fieles no caigan en una rutina fría e inhumana sino que ayuden con amor a las personas que llegan, con la mayor delicadeza y comprensión, como se atiende a los miembros de la propia familia y haciéndolo todo “para la gloria de Dios” (1 Cor 10,31). 2. Conviene ilustrar a los feligreses, con antelación, sobre lo que debe significar para ellos la parroquia y cómo deben vivir la muerte de sus seres queridos con su comunidad. Se les deben dar a conocer las disposiciones que se tienen. Cuando queremos explicar y exigir cierta organización a las personas agobiadas de dolor y de cansancio, no conseguimos sino disgustos que, a veces, llevan incluso a que se alejen de la Iglesia. 3. Enseñemos que la Eucaristía es el corazón de la realidad pascual de la muerte cristiana y, por tanto, en la Eucaristía la Iglesia expresa en la forma más perfecta la comunión con aquellos que han muerto en el Señor y ora por ellos (cf CIC Nº 1689). Por tanto, no necesitamos añadir nuevos elementos rituales o culturales a la celebración litúrgica. 4. Es muy importante preparar bien la homilía de los funerales; puede ser la ocasión para que aun a personas no creyentes les llegue un mensaje de esperanza cristiana. La homilía nunca debe ser un panegírico para elogiar al difunto, sino una iluminación del misterio de la muerte a la luz de Cristo resucitado, a partir de las lecturas que se han proclamado y una motivación a orar por su salvación (cf CIC, 1688). 5. El canto es esencial en las exequias y debe estar de acuerdo con las orientaciones de la liturgia; debe expresar el misterio pascual de Cristo. En un funeral nunca se puede permitir que se interpreten cantos populares no religiosos o canciones románticas de despedida o las canciones favoritas del difunto. 6. Conviene evitar, hasta donde sea posible, discursos y lectura de decretos dentro de la celebración de las exequias. El lugar para esas manifestaciones, que con frecuencia resultan desentonadas, debe ser la sala de velación o el cementerio. Cuando una persona escogida por la familia insiste en agradecer a los presentes debe hacerlo brevemente al final de la celebración, con un texto revisado y en un tono de fe y de esperanza. 7. Se debe cuidar que las funerarias lleven a las parroquias la información correspondiente. Los honorarios que pagan las funerarias (actualmente $ 70.000,oo) incluye los derechos de despacho y el estipendio de una Misa, que si no se celebra con el funeral porque éste tiene lugar en el cementerio, debe programarse con la familia del difunto en el momento que resulte más oportuno. 8. La Misa de funeral puede celebrarse en la parroquia también en los horarios de las misas regulares. Cuando preside la misa un sacerdote que no es conocido y se presenta como pariente del difunto, se deben pedir siempre las licencias. 9. Aunque, como sabemos, la Iglesia recomienda la costumbre piadosa de dar sepultura a los cuerpos de los difuntos se permite la cremación con tal de que no se haga por razones contrarias a la fe; de todas formas, es preferible que la Misa o liturgia del funeral se celebre en la presencia del cuerpo del difunto antes de ser incinerado. De otra parte, conviene recordar que el dispersar o guardar en las casas las cenizas de los difuntos es una práctica que la Iglesia no acepta como reverente (cf CIC 1176). Ricardo Tobón Restrepo. Arzobispo de Medellín
03/08/12 - Oremos por nuestros pastores, en especial por nuestros párrocos. El próximo sábado 4 de agosto celebramos en la Iglesia la fiesta de San Juan María Vianney, el Santo Cura de Ars, reconocido como el Santo Patrón de los párrocos del mundo. Juan María nace en Dardilly (Francia), el año 1786, en el seno de una familia cristiana, campesina; allí fue adquiriendo diferentes virtudes, destacándose la fe en Dios, la humildad, la sencillez, el deseo de servir a sus hermanos más necesitados; aunque era considerado como una persona de mediana inteligencia, sin embargo decide iniciar su camino de formación al sacerdocio. Solía decir: “Si soy sacerdote, podría ganar muchas almas para Dios”. A pesar de muchas dificultades, es llamado al sacramento del Orden en agosto de 1815, repitiendo una y otra vez: “El sacerdocio es el amor del corazón de Jesús”.
De las muchas lecciones que podemos aprender del Santo Cura de Ars vale la pena destacar el cuidado de las almas en el sacramento de la reconciliación. Ya el Papa Benedicto XVI, en la Carta de Convocación del Año Sacerdotal del 2009, decía: “Los sacerdotes podemos aprender del Santo Cura de Ars no sólo una confianza infinita en el sacramento de la penitencia, que nos impulse a ponerlo en el centro de nuestras preocupaciones pastorales, sino también el método del ‘diálogo de salvación’ que en él se debe entablar…. Quien se acercaba a su confesionario con una necesidad profunda y humilde del perdón de Dios, encontraba en él palabras de ánimo para sumergirse en el ‘torrente de la divina misericordia’ que arrastra todo con su fuerza”. ¿Dónde está el secreto de una vida así? Esto no lo da sino la gracia de Dios, que es quien nos llama por puro amor y nos anima para vivir cada día el camino de configuración con Cristo, cabeza y pastor de la Iglesia. Nos llamó primero para estar con Él (la vida del discípulo) y luego para enviarnos a predicar (la del misionero – apóstol). Hoy, como también en los primeros años de la Iglesia y en los vividos por el Cura de Ars, son tiempos difíciles, hay una marcada crisis de fe. Por ello, necesitamos del testimonio evangélico de nuestros sacerdotes. Una vez más podemos decir que nuestra Arquidiócesis es bendecida cada día por el Señor al contar con la presencia de nuestro Arzobispo, de los Obispos Auxiliares, los sacerdotes, religiosos y religiosas, seminaristas y laicos comprometidos; de igual manera, un buen número de comunidades parroquiales animadas por sus párrocos. Un deber grande es orar, como lo hacemos con frecuencia ante el Santísimo, para que nos conceda muchos y santos sacerdotes. Un motivo más de acción de gracias al Señor es la presencia de un nuevo Obispo Auxiliar para nuestra Arquidiócesis, Monseñor Elkin Fernando Álvarez Botero, quien será ordenado el próximo sábado 4 de agosto en la Iglesia Catedral de Medellín, a las 10:00 a.m. Estamos todos invitados a participar y orar por él. Edgar Aristizábal Quintero. Obispo Auxiliar de Medellín 16/08/12 - Bienvenido, Monseñor Elkin.
El pasado 4 de agosto, hemos tenido la alegría de vivir la Ordenación episcopal de Mons. Elkin Fernando Alvarez Botero, nombrado por Su Santidad Benedicto XVI como Obispo auxiliar de Medellín. Todos los Obispos presentes le hemos impuesto las manos y nos hemos unido con gran fe, en la oración consecratoria, suplicando: “Y ahora derrama sobre este elegido aquella fuerza que está en Ti, el Espíritu de gobierno, que has dado a Tu Hijo amado, Jesucristo, el Espíritu que Él mismo dio a los santos apóstoles, que han fundado la Iglesia en todo lugar para constituir tu templo para la gloria incesante y alabanza de tu nombre”.
Desde los tiempos apostólicos existe un principio inquebrantable según el cual cada Iglesia particular, es decir, cada comunidad diocesana no tiene sino un solo Obispo como cabeza y pastor (cf c.376). Sin embargo, el canon 403 indica que cuando lo aconsejen las necesidades pastorales de una diócesis, se constituirán uno o varios Obispos auxiliares. De esta manera, como lo prevé el Concilio Vaticano II, el Obispo diocesano, que debido al número de habitantes o a la complejidad de su Iglesia particular, no puede realizar él solo las funciones episcopales tal como lo exige el bien de los fieles, puede contar con la ayuda de estrechos colaboradores en el gobierno y el cuidado del Pueblo de Dios (cf CD 25). Debemos, entonces, en primer lugar, dar gracias a Dios que en su bondad le ha concedido a nuestra Arquidiócesis de Medellín y a mí, de un modo particular, un nuevo auxiliar, es decir, un nuevo apoyo para que las tareas pastorales y administrativas de esta Iglesia se realicen de una manera más completa, ágil y conveniente. Igualmente, debemos reconocer la benevolencia del Papa Benedicto XVI, quien ha querido completar con este nombramiento un excelente equipo de Obispos auxiliares para el bien de los presbíteros, diáconos, religiosos y fieles; y para asegurar un mejor funcionamiento de toda la organización diocesana. Doy, en nombre de todos, la más cordial bienvenida a Mons. Elkin. El llega con una sólida formación cristiana y sacerdotal, con buena experiencia en la orientación de diversos procesos y actividades de la vida eclesial y, sobre todo, con un gran anhelo de servir según el espíritu del Evangelio. Lo acogemos con fe como un enviado del Señor, lo acompañamos con nuestra oración, lo rodeamos de nuestro afecto y nos disponemos a consolidar todavía más la unidad y la integración diocesanas que nos permitan a todos, dentro de las diversas funciones que nos han sido confiadas, realizar la misión indispensable y apasionante de anunciar el Evangelio en el mundo de hoy.
22/08/12 - La Iniciación Cristiana.
Del pasado 30 de julio al 1 de agosto, hemos celebrado en la Arquidiócesis de Medellín un Congreso Internacional de Liturgia y Pastoral. Promovido por la Facultad de Teología de la Pontificia Universidad Bolivariana, en el espléndido marco del Seminario Conciliar, el Congreso acogió unas 1200 personas, entre sacerdotes, religiosos y laicos, que se ocuparon de reflexionar sobre los retos y desafíos que nos presenta hoy la iniciación cristiana. De esta manera logramos una provechosa unión entre lo académico y lo pastoral.
La iniciación cristiana es la incorporación de una persona en el misterio de Cristo y de la Iglesia, por medio de la fe y de los primeros sacramentos. Esto exige un proceso gradual que ayude a madurar en la vida nueva del Evangelio, que lleve a la conversión y que permita una real integración en la comunidad eclesial. La iniciación cristiana es, ante todo, obra de Dios que ha querido darnos, en Cristo por la fuerza del Espíritu Santo, la posibilidad de participar de la naturaleza divina y ser coherederos de su gloria. Esta obra del amor de Dios es encomendada a la Iglesia, quien, con actitud materna, acoge y acompaña a las personas en este camino. La tarea de iniciar en la fe la cumplían las familias, la escuela, las parroquias y la misma sociedad marcada por principios y valores cristianos. Sin embargo, se constata hoy que muchas familias no logran transmitir la fe, que la educación escolar tampoco ofrece elementos completos de formación cristiana y que la sociedad no ayuda a dar sentido a la vida y a encauzar nuestra actuación en el mundo según el Evangelio. En las conclusiones del Congreso, que espero sean publicadas y estudiadas cuidadosamente en la Arquidiócesis, aparece un panorama realmente preocupante. Se dice, entre muchas otras cosas, que hemos vivido de religiosidad sin una profunda evangelización, que la pastoral se presenta desarticulada e individualista, que hay desconexión entre fe y vida y entre fe y cultura, que la vida de la Iglesia se reduce en ocasiones a mero ritualismo, que se ve una inquietante desarticulación en la preparación y celebración de los sacramentos de la iniciación cristiana, que se deja la administración de algunos sacramentos a la iniciativa de los colegios, que hace mucho mal la falta de unidad de criterios pastorales, que no aparece claramente en muchos católicos el sentido de pertenencia a la Iglesia. El Congreso dejó una serie de proposiciones muy interesantes, que ahora debemos estudiar e incorporar en la medida de lo posible en nuestra práctica pastoral. Más que a fórmulas precisas para hacer la preparación catequética a los sacramentos de la iniciación cristiana y a sugerencias sobre la celebración de los mismos, estas conclusiones apuntan a que nos preguntemos en serio cómo puede la comunidad eclesial hacer cristianos en el mundo actual, cómo puede acompañarlos en su vida ordinaria, cómo puede comprometerlos en la evangelización del mundo, cómo puede cada uno de nosotros vivir realmente su incorporación a Cristo. En definitiva, se trata de repensar toda nuestra vida cristiana y toda la tarea pastoral de la Iglesia.
29/05/2012 -Visita Ad Limina Apostolorum
Este año los Obispos de Colombia estamos realizando la Visita ad Limina. Después de un primer grupo que estuvo en Roma el pasado mes de junio, iremos, ahora en septiembre, los demás obispos del país. “Limina Apostolorum” significa “los umbrales o memorias de los Apóstoles”. Se trata de una visita a los lugares donde son venerados los sepulcros de los Apóstoles Pedro y Pablo. Por ellos, Roma es la sede de la Cátedra del Papa, en la cual todos los católicos encontramos el principio y fundamento visibles de la unidad de la fe y de la comunión.
El Beato Juan Pablo II explicaba la Visita ad Limina así: “Los obispos, con la visita a las sedes de los Apóstoles, expresan ese vínculo con Pedro, que une a la Iglesia en todo el orbe terrestre. Al venir a Roma cada cinco años, traen consigo, en cierto modo, a todas aquellas Iglesias (es decir, las diócesis) que mediante su ministerio episcopal y, al mismo tiempo, mediante la unión con la Sede de Pedro, permanecen en la comunidad católica de la Iglesia universal. Al venir a visitar las sedes Apostólicas, los obispos traen también a Roma noticias ¡y cuán valiosas!, sobre la vida de las Iglesias de las que son Pastores; sobre los progresos de la obra de la evangelización; sobre los gozos y dificultades de los hombres y de los pueblos entre los que cumplen su misión” (9.9.1979). La Visita ad Limina tiene, concretamente, tres momentos de particular importancia. En primer lugar, el homenaje a las tumbas de los Apóstoles Pedro y Pablo; no se trata de un simple protocolo o de un acto administrativo, sino de una verdadera peregrinación con la cual se hace referencia a aquella única fe, que estos Apóstoles testimoniaron con su martirio. En segundo lugar, el encuentro con el Sucesor de Pedro; también aquí se va más allá del simple intercambio de informaciones para significar la afirmación y consolidación de la colegialidad episcopal. El deber de la colaboración de todos los obispos con el Sucesor de Pedro está fundado sobre su comunión “cum Petro et sub Petro”. El tercer momento de la visita es el encuentro con los responsables de los dicasterios de la Curia Romana para que los obispos tengan acceso directo a sus respectivas competencias y puedan informarse sobre diversos aspectos de la común solicitud pastoral. Para facilitar esto, antes de la visita, todos los obispos envían una detallada relación sobre el estado de su diócesis, que es conocida en la parte que les corresponde por cada uno de los dicasterios. A partir de estos informes y de un diálogo directo, se intercambian criterios y reflexiones con relación a la vida de la Iglesia y a la misión que está llamada a cumplir en el momento presente. Cuando hacen la Visita ad Limina los Obispos de diócesis cercanas a Roma los acompañan algunos sacerdotes y fieles. Yo quisiera que, conscientes del valor teológico, espiritual y pastoral de esta visita, nos acompañaran todos los sacerdotes, religiosos y fieles de la Arquidiócesis de Medellín con su oración y su afecto eclesial. Así la Visita ad Limina no será solamente la expresión de la comunión de los Obispos con el Papa, sino la consonancia de toda nuestra Iglesia particular con la Iglesia de Roma, la cual, según una conocida frase de San Ignacio de Antioquía, preside en la caridad la comunión universal. |
| Última actualización el Lunes, 10 de Septiembre de 2012 10:50 |